Ella no es de embriagarse, pero ella bebe.
Ella no es de apostar, pero ella juega.
Ella no es de ir a fiestas, pero ella baila.
Ella no es de enamorarse, pero ella enamora.
Ella es muy buena con las armas, por ende ella asesina.
Ella no cree en el d...
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No hay reglas cuando la ambición devora y la rabia dicta cada jugada
Harrison
Reconocí su poder, su ambición. Sus putas ganas de romper, deshacer y reconstruir la cadena a su manera
Nunca lo subestimé.
Le enseñé desde cero.
Lo entrené desde el principio.
Lo ayudé cuando lo necesitó.
Me conozco sus malditos pasos.
Siempre tuve claro cómo funcionaba su retorcida cabeza.
Y aún así, el hijo de puta consiguió joderme. Me dio justo en las únicas tres cosas que más me importaban, haciéndome comer mierda.
E iba a pagar.
Lento.
Con calma.
De la manera más calculadora posible.
Me las iba a cobrar, y el muy maldito lo sabía.
Claro que lo sabía.
Si no lo supiera, ¿qué necesidad habría tenido de arrebatarme lo que más me importaba? ¿De tocarme los malditos huevos incluso cuando teníamos nuestra maldita guerra fría vigente?
Pero ahora me tocaba a mí.
Y esta vez sería quirúrgico. Me tomaría mi tiempo para hacerle entender que conmigo no debió joder. E iba a disfrutar de su caída. Porque cuando comprendiera que, de todas las personas, yo era el menos indicado para tocarle los cojones, ya cuando se diera cuenta de que conmigo no, toda su maldita cadena estaría ardiendo en el noveno círculo del infierno, con él incluido.
El muy hijo de mil putas no iba a esperarse el golpe. Porque lo conocía. Yo lo había construido, lo había guiado.
Y así como lo formé, como me tomé el tiempo de instruirlo, lo iba a arruinar. Pieza por pieza. Justamente porque sabía como el maldito funcionaba.
Quemaría todo, pero no empezaría desde abajo. No. Haría que todo quedara en cenizas desde la cima, desde su maldita posición, mientras yo me sentaba en su puta silla y veía cómo su mundo ardía bajo mis pies.
Pero antes...
Antes de ejecutar mi estrategia, antes de desatar el infierno sobre él, tenía que asegurarme de que la única persona que sabía que ejecutaría cada orden estuviera lista para lo que seguía.
Sabía que ella estaría a bordo de todo lo que tenía en mente, pero primero tenía que comprobarlo, y si veía que no, la sacaría a la fuerza porque ya había tenido suficiente de todo.
Entonces, como si el mismísimo infierno quisiera que la sacara de una puta buena vez de ahí, me la encontré. Estaba en la plaza, apoyada en una de las columnas, dándome la espalda. Era la primera vez desde lo que pasó que me cruzaba con ella. También, era la primera vez que se había dignado a dejar su habitación. Lo sabía porque Arabella no respiraba sin que yo estuviera contando cuántas veces.