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En cada partida hay segundas oportunidades, pero también hay jugadores que casi nunca fueron honestos

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En cada partida hay segundas oportunidades, pero también hay jugadores que casi nunca fueron honestos. A este punto, me considero una de ellos

Arabella

Mentirle en la cara a alguien era mi pan de cada día. Harrison se había encargado de desarmarme y armarse hasta que eso estuviera arraigado en mi sistema como el hecho de respirar. Camuflarme, sacar información, matar... todo estaba en mi código, en mi sistema, lo tenía encriptado. Me sentía bien con ello, jamás me había quejado o intentado hacer lo contrario.

Pero todo eso empezó a cambiar cuando el hijo del bastardo que encabezaba el primer puesto de mi lista "hijos de perra por matar" se cruzó en mi camino. Mis ganas de sangre seguían intactas, ardían con la misma intensidad de siempre, pero lo que ya no era igual era la facilidad con la que mentía. Me costaba. Mentirle a cualquiera que no fuera Harrison o Kendall se había vuelto un desafío. Mucho más cuando esas personas en particular no eran simples aliados, sino una parte de mí. Mi familia.

Por eso, cuando Rise, con esas esmeraldas preciosas que brillaron casi del mismo modo en que lo hacían antes de que le arrebataran su luz, me preguntó qué rayos estaba mal conmigo, me sentí como la peor persona del universo al mentirle. Y ese sentimiento no me soltó ni un segundo, incluso cuando, horas después, estuve en la sala de comandos con Riden.

Me preguntó lo mismo luego de que la conversación hubiese dado un giro más personal en algún punto, lo suficiente como para hacerme llorar un poco cuando intentó agradecerme por encaminar al "estúpido de Rise" al camino correcto. Porque eso de que "estuviera siendo un maldito cadáver viviente" ya era demasiado para él.

Le respondí lo mismo que a su hermano mayor, pero, por la mirada que me lanzó, no me creyó ni una puta palabra. Me dejó ir después de darme un abrazo fugaz y una mirada inquisitiva que me hizo sentir aún peor.

Las siguientes horas fueron una tortura. Fingir que estaba bien ante todos, cuando en realidad lo único que quería hacer era terminar de tirarme de un maldito puente, era agotador. Más aún cuando no había nada en mi estómago que me ayudara a aguantar las miradas de algunos integrantes de los equipos élites que, desde luego, no estaban de acuerdo con el mandato reciente del espécimen.

Entre las mentiras, las hormonas recién descubiertas —esas que hacían su maldito trabajo demasiado bien para tener horas de realización en mi sistema— y mi estómago vacío, iba a explotar en cuestión de segundos y a nadie le iba a gustar.

Ni siquiera pude relajarme ni un ápice cuando estuve sentada en la oficina de Harrison, escuchándolo explicarme paso a paso lo que tenía que hacer una vez que él estuviera en Moscú.

—Te ves como si te hubieses saltado la comida —su mirada afilada me hizo resoplar—. Otra vez.

—Harrison, solo pasa de mí —murmuré, subiendo los pies en el sofá de cuero negro—. Te lo suplico.

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