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El respeto se gana cuando enseñas que no juegas a medias

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El respeto se gana cuando enseñas que no juegas a medias

Rush

En cuanto Arabella cayó rendida luego de su séptimo orgasmo, esbocé una sonrisa cargada de satisfacción. Era la primera vez en mi vida que encontraba a alguien capaz de seguirme el ritmo en el sexo, alguien que no solo lo soportara, sino que lo disfrutara al mismo nivel, con la misma intensidad feroz. Y maldita sea, estaba jodidamente feliz con eso. Podía follarla sin restricciones, y ella muy felizmente lo tomaba sin una sola protesta.

Poco a poco, desenredé sus piernas de las mías, quité su brazo de mi cadera y su cabeza de mi pecho. Su cuerpo respondió con leves gemidos de queja, pero necesitaba moverme. Había un desastre que limpiar y, por más que quisiera quedarme ahí, mi cerebro ya estaba encendiendo motores.

Iba a levantarme, pero verla así tan cómoda y tan mía...

—Ya no puedes correr de esto, princesa —musité contra su coronilla, dejando un leve beso, casi devoto—. Ya no.

Se acurrucó aún más, enredándose de nuevo, como si su inconsciente supiera que estaba por escapar. Reí por lo bajo, pero me escabullí de la cama con cuidado. La observé girarse sobre un costado, gruñendo con suavidad, aún en su mundo.

Opté por una ducha rápida. Quité la maldita férula de mi mano visiblemente rota y morada, y la lancé al lavabo con un gruñido frustrado. Cuando el agua helada empezó a golpearme el cuerpo, dejé que calara en mis huesos y me sumí en mis pensamientos.

Las cosas iban demasiado rápido. Tenía a Alexey furioso respirando en mi cuello, al Boss cazando a su hija, y a ciertas mafias colaborando con el maldito bastardo en un intento desesperado por hacerme caer. ¿Amenazas? Las de siempre. ¿Novedades? Más de las que me gustaría admitir.

Aún así, una sonrisa se deslizó por mis labios.

Bien podía haber perdido varios soldatos enfrentándome a Alexey al quemar hasta las cenizas sus malditos almacenes, obstaculizando sus rutas y jodiendo sus envíos con grandes cargamentos, pero había valido la pena. Cada alma en Chovert sabía que no estábamos aquí para juegos. Todos y cada uno de ellos aceptaron su destino cuando eligieron la vida en Las Sombras por encima de su existencia patética y común.

Aun así, dispensar vidas —y más si estaban bajo mi responsabilidad— no era algo que me gustara. Por eso los entrenamientos se triplicaron, las clases se duplicaron y las horas de sueño se redujeron al mínimo, incluso para los del equipo élite.

Con Chovert más activo que nunca, recaía en mí la programación de reuniones con los cabezales mafiosos que, por ahora, no planeaban decirme que me fuera a la mierda. Algunos me debían favores. Y sabía condenadamente bien cómo cobrarlos. Por eso tenía a los Nostravik, las Tríadas, la Gzt, el Cartel del Golfo y la 394 en mi bolsillo. ¿Faltaban más? Sí. ¿Me tenía preocupado? Maldita sea, sí.

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