Ella no es de embriagarse, pero ella bebe.
Ella no es de apostar, pero ella juega.
Ella no es de ir a fiestas, pero ella baila.
Ella no es de enamorarse, pero ella enamora.
Ella es muy buena con las armas, por ende ella asesina.
Ella no cree en el d...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Es la forma de jugar lo que hace la diferencia
Harrison, al instante, me clavó una mirada asesina cargada de amenazas. Me estaba advirtiendo sin palabras. Él realmente no quería que le dijera nada, pero no podía quedarme callado. Le había hecho una promesa. Y siempre cumplía mis putas promesas, aunque no me gustara ni un poco el resultado que me traería después.
—Tenemos una teoría de por qué Nikolay puede estar cazándote —dijo Riden por mí.
Harrison dio un paso hacia él con la clara intención de arrancarle los dientes de un solo movimiento. Iba a detenerlo, lo juro por todo lo que me quedaba de paciencia, iba a sacarle la mierda antes de que siquiera diera otro paso en su dirección, pero Arabella llegó primero.
Le puso la mano en el pecho.
—Harrison —lo llamó con una mezcla letal de dulzura y filo.
Él bajó la mirada hacia ella, furioso y juro que estuve a punto de soltar una carcajada. El tipo medía casi un metro noventa y cinco, y ella, con su metro sesenta y tres, lo podía manejar a su antojo. La situación era casi irónica.
—Tócale un pelo y te vuelvo mierda —declaró, tan tranquila que era divertido.
Su jefe la fulminó con la mirada, pero su culo terminó de nuevo en la silla, soltando un bufido frustrado mientras se acercaba a la mesa. Arabella se sentó a su lado, cruzando las piernas y contemplándonos a Riden y a mí con atención.
—¿Decían?
—Por poder —respondió Riden con un dejo de satisfacción en su voz.
Lo miré de reojo.
El cabrón estaba regodeándose como un gato gordo al sol. Rodé los ojos. Y luego me pedía que yo fuera el maduro.
—Sí, poder —repitió, cuando Arabella le lanzó una mirada confusa.
—No tengo ningún poder sobre la Bratva. Y, para ser del todo honesta, quiero que siga así —dijo ella, reacia.
—Nóvikov te está persiguiendo porque no puede volver a ser reelecto como cabeza de la Bratva —seguí.
La expresión en el rostro de mi novia fue un poema. Confusión pura. Frunció los labios hasta dejarlos en una línea delgada y arrugó la nariz como si el tema le apestara desde la raíz.
—¿Reelecto? La Bratva hace años que...
—Los clanes que la componen han establecido nuevas reglas, Ekaterina —la cortó Harrison con evidente malhumor—. Nóvikov ha sido líder por más de tres décadas. Ha coleccionado votos cuatro veces, todas por unanimidad. Pero ahora ya no puede una quinta.
—¿Y de repente estoy metida en su estúpida carrera electoral porque...?
—Porque eres su hija —enunció Harrison con una lentitud irritante, como si le hablara a una niña de cinco años.