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Si esto era un juego, alguien había decidido que yo fuera la ficha

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Si esto era un juego, alguien había decidido que yo fuera la ficha

—¿Por qué ella sigue aún aquí? —preguntó Zach, con ese tono suyo tan ridículamente amargado, en cuanto subí al asiento trasero de la camioneta. Me miró por el retrovisor como si su día no pudiera ir peor que tenerme a bordo.

El motor aún estaba apagado. Parecía estar considerando con seriedad lanzarme por la ventana en vez de girar la llave.

—¿Pueden intentar llevarse bien aunque sea por dos minutos? Solo dos. De aquí a Jones —rogó Drake desde el asiento del copiloto. Zacharias y yo resoplamos al mismo tiempo—. Lo supuse —suspiró en voz baja.

—¿Te quedarás en Jones? —soltó Zach al fin, mientras arrancaba el auto y nos alejábamos de la acera de mi edificio.

—Sí. No necesito ni quiero que Lainey me despierte al amanecer solo porque su estómago exige panqueques —respondió él.

Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios al imaginar a Lainey golpeando la puerta de Drake a las seis de la mañana como si la casa estuviera en llamas... cuando en realidad solo tenía hambre.

—¿Tienes las llaves del auto? —preguntó Zach.

¿Otro auto? ¿Qué seguía? ¿Un McLaren Spider con luces LED y lanzallamas? Drake soltó una carcajada.

—Tranquilo, hermanito. Tengo todo bajo control.

Pasaron algunos minutos en relativo silencio —el tipo de silencio incómodo que solo un auto lleno de tensión y sarcasmo contenido puede ofrecer— antes de que decidiera hablar.

—Drake, ¿me prestas tu celular?

Tenía que avisarle a Kends de que lo más probable era que no pisaría el apartamento lo que restaba de madrugada, al menos no hasta que sacara toda la información que pudiera del rubio cabezón. Mi celular estaba con ella y el desechable que cargaba servía tan solo para recibir y hacer llamadas a solo una línea, así que...

—Cuidado y lo dañas —murmuró el imbécil desde el asiento del conductor.

Lo ignoré con el doctorado que obtuve por haber hecho la maestría en desestimar idiotas mientras que Drake, mucho más colaborativo, se removió y me tendió su celular. Apreté el botón de inicio. No tenía contraseña, lo cual me pareció raro dado el historial de su familia, pero no hice preguntas. No todavía.

Marqué el número de Kendall, esperando que estuviera demasiado dormida como para quejarse... pero conociéndola, era más probable que estuviera desahogando su estrés y mala copa de la noche en mi habitación.

¿Sí? —contestó al segundo timbrazo, con la voz arrastrada por el sueño y el enojo.

Pequeños milagros.

—Llegaré tarde —fui directa—. No me esperes despierta, y por el amor a las manzanas rojas, ni se te ocurra ordenar mi desorden en mi habitación, Kendall.

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