Ella no es de embriagarse, pero ella bebe.
Ella no es de apostar, pero ella juega.
Ella no es de ir a fiestas, pero ella baila.
Ella no es de enamorarse, pero ella enamora.
Ella es muy buena con las armas, por ende ella asesina.
Ella no cree en el d...
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Saltarme las reglas era la única forma de seguir en la partida
Arabella
Horas antes.
—¿Qué diablos estás haciendo? —la voz de Rise llenó la habitación con ese mismo tono con el que Kendall solía advertirme que ya estaba cruzando el umbral hacia la locura.
Entró esquivando las ruedas y el galón de pintura abierto como si de la plaga se tratara, y cuando llegó hasta mí, me miró como si de verdad estuviera para internarme.
—¿Estás demente? ¿Qué rayos le hiciste a la habitación? ¿Y qué rayos haces con ese soporte, enferma?
Soplé un mechón molesto que me tapaba la cara y levanté un dedo para mandarlo a callar. No tenía tiempo para idiotas sin sentido del arte. Necesitaba terminar de enroscar las ruedas nuevas de mi mejor amigo.
Pasaron varios segundos, pero lo logré. Las ruedas encajaron perfecto.
Me levanté del suelo con algo de dificultad, pero sonreí satisfecha al ver que funcionaban de maravilla. Bastaron dos pasos para que las luces comenzaran a parpadear en blanco y amarillo, haciendo que el soporte dejara de parecer un mueble de hospital.
—¿Y bien? —dije, girándome animada hacia el mayor de los Massey—. ¿Qué te parece?
—Que necesitas un maldito psiquiátrico, enferma de mierda.
Mi entusiasmo se desplomó al instante. Él debió notarlo, porque suspiró con resignación y se detuvo a observar las ruedas nuevas un segundo más.
—¿No había de otro color? —añadió, cambiando su tono de voz, señalándolas con desgano.
Mordí el interior de mi mejilla y negué con la cabeza.
—Fueron las únicas que Nathaniel pudo conseguir —mascullé.
Rise volvió a suspirar, esa vez más largo, y soltó un bufido mientras recorría con la mirada la pared del frente, revestida en un nuevo color bonito.
—¿Tampoco había otro maldito color para eso?
—¡Oye! —protesté—. ¡El amarillo es bonito!
—El mostaza o el ocre tal vez, ¿pero este amarillo? Vas a dejar a todo el maldito mundo ciego antes de que el sol siquiera se pose en las ventanas, Arabella.
—¡Cualquier amarillo es bonito, idiota!
—No cuando grita más que tú, mujer —resopló, volviéndose hacia mí—. Arabella, por Dios, ¿qué mosca te picó? ¡Estuve fuera solo dos horas!
No me había pasado nada... aunque si a la mosca le pusiéramos nombre, sería "aburrimiento", y al piquete, "ansiedad"... Bueno.