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Un jugador tiene que ser capaz de encontrar todas las jugadas posibles

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Un jugador tiene que ser capaz de encontrar todas las jugadas posibles

—¡¡Larissa Sage!! —gritó Kendall por cuarta vez mientras intentaba encajarme a la fuerza en un vestido verde aceituna—. ¡¡¡Deja de jodidamente moverte tanto y ayúdame a ponerte el maldito vestido!!!

—¡¡Rush!! —bramé exasperada.

Llevábamos tres horas. Tres jodidas, largas, innecesarias y dolorosas horas. Desde que habíamos llegado al ridículamente enorme departamento de Rush —en pleno centro de la universidad, cosa que me parecía curiosa si ni Satanás ni sus secuaces estudiaban ahí, pero...— no habíamos tenido ni cinco minutos de paz. Todo ya estaba listo para mi castigo.

Una señora de rostro amable pero mirada severa, Rosetta, nos esperaba con cuatro asistentes, cientos de alfileres, y lo que parecía el vestuario de una película de época desparramado por cada rincón. Vestidos, vestidos, vestidos. En tonos que me daban ganas de llorar o golpear algo. Aún no decidía.

Antes de que la tortura empezara, hice lo que Drake bautizó como una "orden de cateo" por todo el lugar. No entendía cómo demonios este departamento era aún más grande que el de Drake, pero ahí estaba. Todo decorado, todo perfectamente ordenado... con ese jodido toque de Rush: limpio, elegante, impersonal. Frío y delicioso a partes iguales.

—¿Sí? —Rush apareció en el vestidor improvisado con esa cara suya de "yo no hice nada", como si no fuera cómplice de ese desfile infernal.

—¡Es suficiente! —le grité, frustrada—. ¡Esto es ridículamente innecesario y ese vestido es de un color horrible! —justo entonces, Kendall aprovechó mi distracción para darme un mordisco en el tobillo y terminar de subirme el vestido por las piernas con violencia ceremonial—. ¡¿Qué diablos te pasa?! —le espeté, mientras ella luchaba una guerrera medieval contra la resistencia que ofrecía mi cuerpo.

Pero lo logró. El vestido aceituna quedó en su lugar y enseguida nos miramos al espejo. Las tres: Kendall, yo... y el desastre.

Silencio. Dolor. Trauma visual.

Ese no era mi vestido. Ni en esa vida, ni en ninguna otra maldita reencarnación.

Kendall soltó un gruñido de frustración y, con la misma determinación con la que me lo puso, me lo quitó sin ceremonias. Apenas protesté. El fracaso fue evidente, digno de documentarse.

—Le diré a Rosetta que este tampoco funcionó —murmuró, saliendo del vestidor con el ceño fruncido.

—¡¡Deberías decirle que lo que no funciona son tus métodos de tortura medieval para vestirme!! —le grité por encima del hombro.

—¡Cómo tú digas! —respondió a la distancia.

Soltando un gruñido extenuante, miré al espécimen traído por el infierno.

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