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Es un jugador, un borracho, un perdido

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Es un jugador, un borracho, un perdido

Rush

—¿Cómo está? —le pregunté a Justine, rebosando de una furia que ni el whisky había logrado apagar. Y ya iba por el octavo maldito vaso.

—Sigue inconsciente —empezó, dejándose caer en una de las sillas a mi lado. Estaba agotada, lo noté, pero no me importó. Eran las dos de la madrugada. ¿Y qué? Primero era Arabella—. Con lo poco que tengo, no hay mucho para escarbar, Rush. No puedo darte una respuesta segura porque ni yo misma sé que es lo que tiene.

Apreté la mandíbula tan fuerte que escuché mis dientes crujir.

Arabella llevaba horas inconsciente, conectada a una vía intravenosa que apenas lograba calmar mis ganas de arrancarle respuestas al mundo. Se desmayó después de que su jefe, Harrison, le soltara noticia. Llegué a atraparla antes de que su cabeza estampara contra el suelo, pero aun así, se golpeó. Fue suficiente para helarme hasta los huesos.

No había pasado un minuto cuando colgué la llamada y casi estrellaba el celular contra la pared después de lo que Harrison me había dicho. Llamé a Justine y moví cielo, tierra y hasta el puto infierno para que trajera su culo hasta mi apartamento lo más rápido posible. Necesitaba un médico y ella era perfecta para eso. Además, era de confianza. No iba a permitir que gente que yo no conocía se acercara a Arabella. No después de lo que Harrison me había contado.

Me puse de pie de golpe, maldiciendo en voz alta, y me bebí lo que quedaba del vaso en una sola bocanada. El whisky bajó como fuego, pero no quemó lo suficiente como para distraerme.

Todo se había ido al carajo. El club, Nóvikov, la Bratva. El puto equilibrio de Las Sombras. ¿Qué necesidad tenía el bastardo de desatar un caos cada vez que respiraba? ¿Era una compulsión genética, un maldito hobby o tan solo su forma de recordarle al mundo que existía? Comprendía su ambición por el poder. Crecí en un lugar donde todo lo que importaba era eso, pero entenderlo no significaba justificarlo. Ni aceptarlo. Mucho menos perdonarlo.

—Tenemos que hablar —dijo Rise, cruzando el umbral de la sala. Él se encontraba en la habitación con Arabella hasta hacía un momento, verificando su estado. Su conocimiento médico era parecido al de Justine, pero eso no le salvaba del deseo latente que tenía de mandarlo al séptimo hoyo del infierno—. No me importa que tan mal quieras desaparecerme, me vas a escuchar. Las cosas están jodidas, Rush. Y por más que necesitemos a la hija de del Boss despierta, también necesitamos un maldito plan. 'Ndrangheta está exigiendo una puta respuesta.

—Dale a Zacharias —gruñí, caminando hacia el bar y sirviéndome otro whisky—. Con un lazo en el cuello, si quieres. Esa sería una excelente respuesta por mi parte.

—Créeme que me encantaría —resopló mi hermano—. Pero ya no es eso lo que quiere. Ahora quiere el jodido club.

—No podemos —cerré la conversación.

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