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Tal vez no sabía ganar en paz, pero al menos ya no apostaba a perderme

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Tal vez no sabía ganar en paz, pero al menos ya no apostaba a perderme... ¿o sí?

Rush

—¡Es suficiente! —bramé, estampando la cabeza de Asaf contra la mesa. Antes de que pudiera parpadear, doce armas apuntaban a mi cabeza y otras veinticuatro apuntándoles de vuelta—. ¡O cooperan los dos, o no me importa cargármelos con tal de salir de ustedes, maldita sea!

—No pienso hacer ni mierda —escupió Asaf con dificultad—. Yo puse lo que hacía falta, pero él...

—¡Me importa una jodida mierda quién hizo qué! —rugí, aplastándole la cara aún más contra el vidrio—. He gastado dos días en una maldita disputa entre dos hombres que se comportan como malditos críos. Quiero...

—Lo que tú quieres me importa una... —empezó Sigmund, pero su voz se apagó en seco cuando Harrison le disparó al brazo izquierdo—. ¡Maldito bastardo! —gritó, cubriéndose la herida mientras cinco de sus hombres levantaban sus armas contra el jefe de mi novia.

—Van a empezar a cooperar —siseé, mirándolos a ambos con los dientes apretados— o juro que les planto un disparo en la cabeza a cada uno así me les una más adelante. Me da lo mismo.

Estaba harto. Dos días fuera de Miami y más de ocho horas atrapado en una "reunión" entre La Kaya y los Nostravik, que no era más que un puto circo. Y para colmo, la disputa no la había iniciado Asaf, sino Sigmund, convencido de que los hombres de Asaf le estaban montando una trampa.

Sabía que Sigmund deliraba, pero esa vez había cruzado la maldita línea. Asaf solo quería protección, por eso fue con doce de sus mejores hombres. No era nada nuevo. Sigmund hacía lo mismo cada vez que tenía que sentarse con Alexey. Pero ahora habían cruzado la línea que dibujaba mi cordura, paciencia y maldito humor.

La sala, por la pelea de la última hora, estaba hecha un desastre. Vidrios rotos, sillas volcadas, hombres armados tensando los dedos en el gatillo y una que otra prostituta desangrándose en el suelo.

¿En qué puto momento se había ido todo a la mierda?

—Vete al diablo, Rush —bramó Asaf, forcejeando para zafarse de mi agarre.

—¡Ocho horas! —tronó una voz femenina que no me alegraba oír en este maldito momento. Alcé la vista del cuello de Asaf y la clavé en Hannelore, que bajaba los escalones con una furia que no disimulaba—. ¡Ocho jodidas horas que se tomaron para destrozar el salón, matar a cinco mujeres y no cerrar un maldito trato!

Schaff sie hier raus! —gruñó Sigmund a uno de sus hombres.

«¡Sácala de aquí!».

El hombre apenas dio un paso hacia ella. Hannelore desenfundó el arma de su espalda y le voló la cabeza sin vacilar.

—¡Ya fue suficiente! —tronó, helando hasta a su propio padre. Él la miró como si acabara de perder la cordura. A ella le importó una mierda. Su mirada se clavó en mí—. Rush, suéltalo —ordenó.

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