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Con él ahí pude entender que hay mesas de las que no te levantas caminando

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Con él ahí pude entender que hay mesas de las que no te levantas caminando

—Harrison —dije bajando el arma, aunque con cero prisa—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

La figura alta, vestida de sombra y autoridad, se había revelado al fin de entre los arbustos. Mi jefe caminó hacia mí con su clásico rostro de piedra, tan incapaz de demostrar una emoción que no fuera desaprobación profesional.

Se detuvo a escasos metros. Yo ni parpadeé.

—Siete años trabajando conmigo y nunca —remarcó—, nunca, Ekaterina, me has ignorado una llamada —su voz era el equivalente verbal de un azote de vara seca—. ¿Se puede saber dónde y qué carajo estabas haciendo?

Resoplé, cruzándome de brazos.

—Haciendo mi trabajo.

Él arqueó una ceja con la lentitud de un juez a punto de dictar sentencia.

—¿Y desde cuándo tu "trabajo" es sentarte en bancos húmedos de una plaza universitaria, sola y a estas horas de la noche? —espetó con sarcasmo—. Deberías estar con Zacharias Anderson. Deberías estar cumpliendo tu misión.

Me tensé, empezando a irritarme.

—Alto ahí, amigo —lo corté con un tono envenenado—. He estado todo el maldito día rodeada de la familia Anderson y de su suicida hijo imbécil. Me infiltré tan bien que ya tengo a Jessamine, Drake y a toda esa familia de revista en la palma de mi mano. Así que te agradecería que dejaras de dictarme cómo debería hacer mi puto trabajo, Harrison.

Sus ojos se entrecerraron, evaluándome como si decidiera en qué parte del mapa enterrarme.

—¿Entonces por qué estás aquí?

—¡Porque necesitaba aire! —exploté, perdiendo la contención—. Acepté una misión que ni siquiera quería, una que tú me empujaste a tomar —lo señalé con el dedo como si pudiera apuñalarlo con él—. Perdón por tomarme cinco minutos para maldecirte en todos los idiomas que domino —añadí con una sonrisa sarcástica que no me llegó a los ojos.

Era la primera vez en siete años que le levantaba la voz. Y sí, la culpa me cayó encima como un ladrillo... pero no lo suficiente para retroceder. Harrison me había salvado la vida esa vez. Me dio una segunda oportunidad cuando el mundo ya me había descartado, lo sabía. Pero eso no lo hacía dueño de cada segundo de mi existencia.

A veces, el jefe podía ser desesperantemente mezquino.

—No te excedas, Arabella —siseó, afilado.

Rodé los ojos con exageración.

—¿Ya te vas o vas a seguir con la función de "tutor emocional ausente"? —dije, señalando la vía libre del otro lado de la plaza.

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