34

478 57 57
                                        

Me preparo bien; sé qué puedo hacer antes de jugar

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Me preparo bien; sé qué puedo hacer antes de jugar

Rush

Habíamos volado diez malditas horas. Diez. Aterrizamos en Berlín a las seis de la mañana y veinte minutos después ya teníamos a las camionetas de Sigmund esperando afuera de mi penthouse, como si fuera parte de su rutina personal joderme el día desde temprano.

Nos llevaron a Steglitz-Zehlendorf, donde quedaba la villa del bastardo. El trayecto apenas tomó veinte minutos. Casi lo agradecí. Al llegar, confirmé que nada había cambiado desde la última vez que estuve allí.

La villa seguía igual de arrogante, revestida en blanco impoluto, con esas fachadas subdivididas y las cuatro torres angulares que se alzaban como si quisieran mirar por encima del hombro a cada casa en un radio de un kilómetro.

Belleza clásica, admirable. Con sus proporciones simétricas, parecía un guiño burlón a las villas burguesas de Schinkel, Muthesius o Behrens. Esa clase de arquitectura que no sólo presumía, sino que exigía respeto.

Conocía esas cuatro torres angulares que se irguieron a la vista demasiado bien. Cada una con su propia escalera, baño de mármol y terraza en la azotea. Y sí, en otra vida las usé todas. Con mujeres cuyos nombres olvidé entre alcohol, noches largas y una memoria selectiva.

Cinco hombres armados nos escoltaron al interior. Cruzamos los jardines perfectamente diseñados, casi en sincronía con el parque natural que los rodeaba. De reojo, observé a Harrison. Seguía con esa expresión neutra desde que había salido del penthouse.

Verlo en mi casa fue un choque. Ni mis hermanos habían estado allí, pero él se había tomado la libertad de recorrerlo como si fuera un crítico de interiores, poniendo caras mientras examinaba cada rincón. No era lo que esperaba de un viejo de más de cincuenta años, la verdad.

Aun así, con los diez minutos que quedaban antes de que los hombres de Sigmund tocaran el timbre —si es que alguna vez lo hicieron—, Harrison decidió ducharse. Hice lo mismo. Me largué a la habitación principal y tomé la ducha más corta de mi vida.

Cuando salí ya vestido, lo encontré en el sofá marrón, con otro traje distinto al que llevaba al llegar.

«—¿También revisaste los armarios? —pregunté, alzando una ceja.

Resopló con desdén.

—¿Crees que tengo tiempo para eso? —me respondió con esa mirada que te hace sentir idiota sin necesidad de levantar la voz—. Puede que esta no sea mi casa, pero tengo gente. Ordené lo que necesitaba».

Nunca escuché el timbre. Ni un solo ruido. Pero aún así, no pregunté nada más, y él tampoco habló. Minutos después, llegaron por nosotros.

Rodando los ojos ante ese recuerdo, decidí prestarle más atención al interior del salón de la recepción de la villa.

Let's PlayDonde viven las historias. Descúbrelo ahora