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Ahí entendí que esta partida ya no admitía retirada

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Ahí entendí que esta partida ya no admitía retirada

Rush

—Rush —me llamó Riden desde el otro lado de la puerta.

—¡Dije que no quiero a nadie! —gruñí, lanzando lo primero que tenía a mi alcance contra la pared.

La botella estalló en la puerta, dejando un reguero del poco líquido ambarino que le quedaba. El eco del vidrio haciéndose trizas fue un eco menor comparado con el escándalo mental que ella había desatado en mí.

Irresponsable. Imprudente. Insoportable.

Y maldita sea... excitante en niveles indecentes.

El hecho de que me gritara, que me enfrentara, que tuviera la osadía de querer echarme de mi propia casa... Fue suficiente para hacerme pensar con la cabeza equivocada. Bastó con imaginarla postrada en la cama frente a mí, con la cara enterrada en una almohada, manos y tobillos atados, dándome justo la vista perfecta de su coño y su culo...

¡Culo que pensaba dejar en las tonalidades más oscuras del rojo si no dejaba de hacerme esto porque iba a matarme!

Entre mantenerla con vida, velar por su seguridad, dejar que hiciera y deshiciera a su antojo y revivir el jodido trauma de tan siquiera perderla, estaba seguro de que yo desaparecería del puto mundo a los cuarenta, porque la muy hija de perra no colaboraba con una mierda.

Agradecí que Rise hubiese tenido la decencia de mantener la boca cerrada sobre lo ocurrido en el operativo. De que me mintiera y ocultara información. Si me lo hubiera contado en cuanto llegué, lo habría dejado peor de lo que ya estaba.

¡Esa jodida mujer me estaba enloqueciendo! Y yo, maldita sea, la iba a dejar hacerlo porque vivir sin ella era igual a no vivir.

Y lo poco que me quedaba de vida, repito, se estaba agotando si seguía lanzándose a cada situación sin medir consecuencias.

Sin quedarse atrás.

Sin analizar.

Sin pensar.

La puerta se abrió justo cuando me estaba pasando las manos por el cabello, intentando —sin éxito— calmar el arrebato de exasperación al que Arabella me había arrastrado.

—Ese era caro —señaló Riden, apoyado en el marco de la puerta, mirando los cristales de lo que alguna vez fue una botella de Macallan del setenta y siete.

Chasqueé la lengua con desgano.

—Puedo comprarme cinco más si me da la maldita gana —repliqué, irritado—. ¿Qué quieres?

—Resolver asuntos maritales que no me incumben —suspiró, torciendo el gesto.

—Riden, por el amor a Cristo...

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