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Enjambre de Arena ════ ⋆★⋆ ════
El viento aullaba furiosamente, arrastrando consigo partículas finas de arena que azotaban la piel como pequeñas dagas.
Cora se protegió el rostro con el brazo, tratando de mantenerse en pie mientras el grupo luchaba por atravesar el desierto. La tormenta de arena había surgido de la nada, envolviéndolos en un mar cegador de polvo y caos.
—¡Aris! —gritó, apenas escuchando su propia voz por encima del estruendo de la tormenta. —¡Tenemos que mantenernos juntos!—
Apenas podía distinguir su silueta entre la cortina de arena. El mundo se había reducido a una maraña de colores ocres y un cielo turbio que no ofrecía ningún alivio. La visibilidad era nula, y con cada segundo que pasaba, el miedo de perderse aumentaba.
De repente, una ráfaga de viento más fuerte la empujó hacia un costado, y Cora sintió cómo el suelo cedía bajo sus pies. Gritó, cayendo por una pequeña duna, rodando hasta detenerse con un golpe seco. El impacto la dejó aturdida, y mientras intentaba orientarse, notó que la tormenta comenzaba a calmarse.
—¡Cora! —La voz de Aris la hizo girar, encontrándolo a pocos metros de distancia, bajando corriendo la duna hacia ella. Había conseguido mantenerse cerca durante todo el tiempo.
—Estoy bien, —dijo con la voz temblorosa, levantándose lentamente mientras él llegaba a su lado. —Pero... ¿dónde están los demás?—
Aris escudriñó el horizonte, que ahora solo mostraba un desierto desolado, sin rastro alguno del resto del grupo. El viento seguía soplando, pero había perdido gran parte de su fuerza destructiva. Sin embargo, el calor sofocante no había disminuido.
—No lo sé, —respondió Aris con una calma que no sentía. —Pero tenemos que seguir adelante y tratar de encontrarlos.—
Cora asintió, aunque la preocupación la carcomía por dentro. Sabía que estaban en una situación crítica; el sol implacable y la falta de agua hacían que cada minuto contara. Mientras caminaban, Aris permaneció cerca de ella, sus pasos sincronizados en el traicionero terreno de arena.
—Esto es una locura, —murmuró Cora después de un tiempo, la desesperación evidente en su voz. —Podríamos estar caminando en círculos, y ni siquiera lo sabríamos.—
—Lo sé, —admitió Aris, su voz llena de una tranquilidad forzada. —Pero no podemos quedarnos quietos. Tenemos que seguir adelante.—
El calor abrasador los envolvía, y Cora comenzó a sentir cómo el agotamiento la invadía. Sus pies se hundían en la arena con cada paso, y sus labios estaban resecos, agrietados por la falta de agua. Aris la observaba de reojo, notando su estado.
—Vamos a hacer una pausa, —dijo finalmente, dirigiéndola hacia una formación rocosa que proporcionaba algo de sombra.
Ambos se dejaron caer al suelo, jadeando por el esfuerzo. Cora cerró los ojos, sintiendo que la arena fina cubría su piel como una segunda capa. El silencio se cernió sobre ellos, roto solo por el suave susurro del viento.
—Aris, no sé cuánto tiempo más podré soportar esto, —confesó Cora en voz baja, abriendo los ojos para encontrar los suyos.
Aris la miró fijamente, su expresión grave pero llena de determinación. —No estás sola en esto, Cora. Te prometo que saldremos de aquí juntos.—
Sus palabras le dieron un pequeño respiro de esperanza, pero más que eso, sintió una calidez diferente en su pecho.
Había algo en la forma en que Aris la miraba, algo en su tono que hizo que su corazón se acelerara. No era solo la desesperación del momento, sino algo más profundo, algo que había estado allí desde hacía mucho tiempo, pero que solo ahora se estaba revelando.
—Aris... —Cora comenzó, pero su voz se quebró. ¿Qué podía decirle? Que estaba asustada, que no quería perderlo, que en ese desierto implacable había descubierto que sus sentimientos por él eran mucho más fuertes de lo que había imaginado.
—Yo también siento lo mismo, —dijo Aris suavemente, como si leyera sus pensamientos. Se acercó un poco más, hasta que sus rodillas se tocaron. —He sentido esto desde hace tiempo, pero nunca supe cómo decirlo. Tal vez no lo habría hecho si no nos hubiéramos quedado atrapados aquí, pero ahora... no quiero seguir callando.—
Cora lo miró, sorprendida por la sinceridad en sus ojos. Estaba acostumbrada a verlo tan sereno, tan seguro, pero en ese momento vio a un Aris vulnerable, alguien que también temía perder lo que sentía.
—Aris... —murmuró de nuevo, pero esta vez con una sonrisa suave en los labios. —Yo también. Siempre he estado demasiado asustada para admitirlo, pero... no quiero perder más tiempo.—
Sin más palabras, Aris se inclinó hacia ella, y Cora no se apartó. Sus labios se encontraron en un beso que no era solo una respuesta al miedo o a la situación desesperada en la que se encontraban, sino una expresión de lo que había estado creciendo entre ellos. El desierto, el calor y la incertidumbre se desvanecieron en ese momento, dejándolos solos en un universo donde solo existían ellos dos.
Cuando se separaron, ambos respiraron hondo, sabiendo que todavía tenían un largo camino por delante. Pero algo había cambiado. Habían encontrado una nueva fuerza en el otro, una razón para seguir adelante.
—Vamos a encontrar al grupo, —dijo Cora, con una determinación renovada. —Y lo haremos juntos.—
Aris asintió, su mano tomando la de ella con firmeza. —Juntos.—
Y así, se levantaron y comenzaron a caminar de nuevo, con el sol aún implacable sobre ellos, pero con la certeza de que, pase lo que pase, se tenían el uno al otro para enfrentar lo que viniera.