Minho | The maze runner

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A contrarreloj════ ⋆★⋆ ════

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A contrarreloj
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El sol comenzaba a descender, tiñendo el Claro con tonos dorados y rojizos. El ambiente se llenaba de murmullos y ajetreo; los corredores regresaban de un día más en el Laberinto, cansados, sudorosos y, como siempre, vivos de milagro. Entre ellos, Minho destacaba. Líder. Determinado. Siempre el primero en la línea de batalla, enfrentando lo que parecía imposible.

Desde su lugar, Milan lo observaba. Sentada sobre la hierba, sus manos descansaban sobre sus muslos, acariciando distraídamente el asiento de madera de la silla que la mantenía en su lugar. No podía correr. No en ese mundo que dependía de la velocidad para sobrevivir. Y sin embargo, ahí estaba Minho, mirándola, como siempre lo hacía.

—¿Qué? —preguntó ella con su habitual tono sarcástico cuando lo vio acercarse. Su corazón palpitó cuando él se agachó justo frente a ella, sus ojos oscuros y atentos mirándola como si nadie más existiera.

—Nada —respondió Minho, aunque la sonrisa que cruzó su rostro decía lo contrario—. Sólo me gusta ver cómo finges que no me esperas cada día.

—Eres un idiota —dijo Milan con una sonrisa, aunque sus mejillas ardieron inevitablemente.

—Y tú eres pésima mintiendo —replicó él, con esa voz suya que siempre parecía un reto.

Minho se acomodó, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas mientras seguía observándola. Había algo en su mirada, algo más profundo que el simple acto de compartir un momento. Con Minho, todo parecía intenso, imposible de ignorar.

—¿Cómo fue hoy? —preguntó ella finalmente.

—Igual de loco y jodido que siempre —respondió, aunque su tono se suavizó después—. Pero no vine a hablar del Laberinto.

—¿Ah, no? —respondió Milan, arqueando una ceja—. ¿Entonces qué haces aquí?

—Lo mismo de siempre —dijo Minho, y su voz se volvió un susurro grave, bajo—. Recordarte que no importa qué tan rápido corra… siempre vuelvo contigo.

El silencio cayó entre ellos como una carga palpable. Milan tragó saliva, luchando contra las emociones que lo dicho despertaban en ella. Minho siempre encontraba la forma de decir lo que nadie más se atrevía a mencionar. Era irónico, ¿no? Él, el corredor que dependía de sus piernas, había terminado atado a alguien como ella, que no podía moverse más allá de los límites de su cuerpo.

—No digas esas cosas —murmuró, apartando la mirada.

—¿Por qué no? —Minho se inclinó un poco más, obligándola a mirarlo—. ¿Porque te hace sentir algo que no quieres?

Milan entreabrió los labios, pero no tenía respuesta. Minho era demasiado, demasiado para alguien que no podía seguirle el ritmo. Y sin embargo, ahí estaba él, como si no le importara.

—Minho… —susurró, pero él negó suavemente.

—No digas que no puedo quererte sólo porque tú no puedes correr —murmuró, con esa intensidad que lo caracterizaba—. Porque no me importa. No me ha importado nunca.

Antes de que ella pudiera responder, Minho levantó una mano y la posó suavemente sobre su mejilla. Milan contuvo el aliento ante su caricia. Sus dedos eran cálidos y callosos, las manos de alguien que vivía al límite. Pero su toque era delicado, lleno de ternura, como si temiera romperla.

—Eres insoportable —susurró ella finalmente, intentando ocultar el temblor en su voz.

—Y tú eres preciosa —respondió Minho sin dudarlo, inclinándose lentamente hacia ella.

Milan sintió cómo se le aceleraba el corazón, cómo cada parte de su cuerpo reaccionaba ante su cercanía. Cuando los labios de Minho rozaron los suyos, fue como si el mundo se desvaneciera. No existía el Laberinto, ni los Grievers, ni el miedo constante. Sólo Minho.

El beso comenzó suave, casi temeroso, como si él estuviera pidiendo permiso. Pero cuando ella respondió, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Minho, todo se transformó. La ternura dio paso a una urgencia desesperada. Minho se inclinó más sobre ella, sus labios moviéndose contra los suyos con una intensidad que la hacía arder.

Sus manos se deslizaron por los brazos de él, aferrándose a sus músculos firmes, sintiendo cómo temblaban ligeramente bajo su toque. Minho gimió suavemente contra su boca, una mezcla de necesidad y algo más profundo que la hizo estremecer.

—Dime que lo sientes también —susurró él cuando se separó apenas lo suficiente para mirarla. Su aliento rozaba su piel, y sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y devoción que la dejó sin palabras.

—Lo siento —respondió Milan, su voz apenas un susurro, pero la verdad era tan clara que no necesitaba más.

Minho sonrió antes de besarla de nuevo, más desesperado esta vez. Sus manos se movieron con cuidado sobre sus hombros, descendiendo por sus brazos como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel. Era algo que no debería ser posible en un mundo como ese, y sin embargo, ahí estaban.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. Milan sintió su pecho subir y bajar, y no pudo evitar sonreír.

—Eres increíblemente terco, ¿lo sabías? —dijo ella, su voz temblando aún.

—Y tú eres increíblemente hermosa —respondió Minho, con esa sonrisa que siempre lograba desarmarla—. Supongo que estamos a mano.

Milan se echó a reír suavemente, y Minho apoyó su frente contra la de ella, respirando profundamente.

—No importa cuánto corra —susurró él de nuevo—. Siempre vuelvo aquí, Milan. Contigo.

Ella cerró los ojos, permitiendo que esas palabras se clavaran en lo más profundo de su pecho. Porque, aunque la vida los hubiera colocado en extremos opuestos de lo que parecía lógico, de alguna forma, él y ella se habían encontrado. Almas gemelas. Inevitablemente unidos, incluso cuando todo alrededor estaba roto.

Y por primera vez en mucho tiempo, Milan sintió que podía volar, incluso si no podía correr.

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