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Fontanero ════ ⋆★⋆ ════
El sol brillaba con fuerza sobre la casa de los Montgomery, una de esas mansiones perfectas que parecían sacadas de una revista. Pope estaba subido en una escalera, ajustando la boquilla de una manguera que goteaba en el tejado. El padre de Maia, un hombre de aspecto severo, había insistido en que necesitaban a alguien que "sepa trabajar con las manos". Y por supuesto, eso significaba a Pope Heyward, uno de los pocos Pogues que se aventuraba a cruzar el puente.
Desde el jardín, Maia lo observaba mientras fingía revisar algo en su teléfono. Su padre no habría aprobado que hablara con Pope; los Pogues y los Kooks no mezclaban, y su familia seguía esas reglas a rajatabla. Pero había algo en él, en su sonrisa tímida y en la manera decidida en que trabajaba, que la intrigaba.
Cuando Pope bajó de la escalera y recogió sus herramientas, Maia se aclaró la garganta.
—¿Te estás asegurando de que no deje el tejado peor de lo que lo encontré? —bromeó él, mirándola de reojo.
Maia sonrió.
—Solo asegurándome de que no te caigas. No quiero que mi padre te eche la culpa por romperte una pierna en nuestra propiedad.
Él se rió suavemente, pero antes de que pudiera responder, escucharon la voz del Sr. Montgomery llamando desde dentro de la casa.
—¡Heyward! ¡El lavabo del baño de arriba sigue goteando!
Pope lanzó un suspiro exagerado.
—¿Sabes? Empiezo a pensar que tu padre inventa problemas solo para tenerme aquí.
Maia fingió indignación.
—¿Y quién querría tenerte aquí, exactamente?
Pope se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.
—Quizás alguien que no se atreve a hablar conmigo en público.
Maia no tuvo tiempo de replicar antes de que él subiera las escaleras con su caja de herramientas. Mientras arreglaba el lavabo, su mente ya estaba ideando una excusa para desviarse hacia la habitación de Maia. Había algo en esas conversaciones furtivas con ella que hacía que cada trabajo valiera la pena.
...
—¿Qué haces aquí? —susurró Maia minutos después, cerrando la puerta de su habitación detrás de él.
Pope se encogió de hombros, fingiendo inocencia.
—Solo verificaba la presión del agua. Podría haber una fuga… en tu ventana.
Maia se cruzó de brazos, pero su sonrisa delataba lo poco seria que era su queja.
—Un día mi padre te va a descubrir, y será mi culpa.
—Entonces tendré que aprovechar mientras puedo. —Pope dejó su caja de herramientas en el suelo y se apoyó en el borde de su escritorio, estudiándola con una mirada tranquila.
Había algo eléctrico en esos momentos a solas. Pope sabía que no pertenecía a ese mundo, y Maia sabía que estaba rompiendo todas las reglas al dejarlo entrar, pero ninguno de los dos podía evitarlo.
—¿Sabes? Creo que eres la única razón por la que no odio hacer estos trabajos. —La confesión salió de la boca de Pope antes de que pudiera detenerla.
Maia lo miró sorprendida, pero su expresión se suavizó.
—Y yo creo que eres la única persona en esta casa que no me trata como un adorno más.
Pope bajó la mirada, rascándose la nuca, como si no supiera cómo responder. Maia dio un paso hacia él, más cerca de lo que debería.
—Es raro, ¿no? —dijo ella en voz baja—. Que dos personas tan distintas como nosotros…
—No somos tan distintos. —Pope la interrumpió, levantando la vista para mirarla directamente.
Maia sonrió, y ese fue el momento en que Pope supo que estaba perdido. Sin pensarlo mucho, levantó una mano y apartó un mechón de cabello del rostro de Maia.
—¿Qué estás haciendo? —susurró ella, aunque no parecía querer detenerlo.
—Rompiendo algunas reglas, supongo. —Pope sonrió, su voz llena de esa mezcla de nervios y valentía que solo Maia lograba sacar de él.
Antes de que pudiera arrepentirse, se inclinó y rozó sus labios con los de ella, un gesto suave pero lleno de significado. Cuando se separaron, Maia lo miró, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa juguetona en los labios.
—Bueno, si vas a romper las reglas, más te vale hacerlo bien.
Pope rió, y por primera vez en mucho tiempo, no le importó ser un Pogue en el territorio de los Kooks. Mientras Maia estuviera con él, todo lo demás era un detalle.