Jim Halpert| The Office

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Miradas de Papel ════ ⋆★⋆ ════

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Miradas de Papel
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Vionette nunca entendió por qué la oficina tenía esa capacidad casi mágica de ralentizar el tiempo. El reloj parecía detenerse cada vez que el zumbido del fluorescente sobre su escritorio se mezclaba con el sonido metálico de la grapadora. Ese lunes, como muchos otros, el aire estaba impregnado de aroma a café recalentado y papeles olvidados.

Ella no se consideraba alguien particularmente interesante. Tenía un cubículo pequeño, una planta que sobrevivía milagrosamente, y una taza con una grieta que no quería reemplazar. Pero en la mesa de enfrente, estaba él.
Jim Halpert.

Era imposible no notarlo. No solo por su altura o por ese cabello que parecía rebelarse contra la gravedad, sino por la forma en que miraba el mundo: como si hubiera un chiste secreto escondido detrás de cada cosa. Como si la vida entera fuera un juego de miradas cómplices.

Los días transcurrían entre bromas que él hacía a Dwight y pequeños momentos que, para ella, valían más que cualquier regalo. Un papel doblado con un dibujo improvisado, un "buenos días" con voz aún adormilada, o el instante en que él se inclinaba sobre su escritorio para preguntarle algo banal, pero con la atención de quien está realmente interesado.

Al principio, Vionette intentaba convencerse de que no sentía nada. Pero su corazón la delataba cada vez que Jim, sin querer, rozaba su mano al pasarle un documento. Había algo en él que no era ruidoso ni evidente, sino como un murmullo suave que se te cuela en el alma sin que lo invites.

Un martes lluvioso, la máquina de café se averió. Jim apareció junto a su escritorio con dos vasos humeantes en las manos.

—Supe que no ibas a sobrevivir a esta mañana —dijo, dejando uno frente a ella.
—¿Y tú? —preguntó, intentando ocultar la sonrisa.
—Yo tampoco —admitió—. Pero supongo que es más fácil si compartimos el café.

Ese "compartimos" quedó flotando en el aire.

Con el paso de las semanas, comenzaron a encontrarse fuera de la oficina, siempre con la excusa perfecta: que si una feria de libros, un partido local, una cafetería nueva. Y, sin darse cuenta, Vionette comenzó a asociar su felicidad con la forma en que él la miraba cuando hablaba, como si fuera imposible aburrirse de escucharla.

Pero la vida no siempre tiene finales predecibles.
Un viernes, Jim entró a la oficina más callado de lo habitual. Durante la pausa, se sentó frente a ella, con las manos entrelazadas y una expresión que ella no había visto antes.

—Me han ofrecido un trabajo en Filadelfia —dijo finalmente—. Es una oportunidad increíble, Vionette.
Ella sintió cómo todo su cuerpo se quedaba inmóvil.
—¿Y… vas a aceptarlo?
Él bajó la mirada.
—Creo que sí.

Los días siguientes fueron un borrón. Sabía que era egoísta querer que se quedara, pero también sabía que el simple hecho de que él se fuera dejaría un hueco imposible de llenar.

Su último día, Jim pasó por su escritorio antes de salir. Le dejó una nota doblada, sin decir nada más que un "cuídate". Ella esperó a que se fuera para abrirla.

"Vionette,
Nunca fue solo café. Nunca fueron solo bromas o miradas.
Gracias por hacer de este lugar algo más que una oficina.
—Jim"

Ella guardó esa nota en el cajón de su escritorio, junto a la taza con la grieta. Nunca volvió a verlo.

Años después, cada vez que llovía, el olor a café caliente le traía de vuelta la sensación exacta de aquellas mañanas: el zumbido del fluorescente, el papel doblado, y la certeza silenciosa de que algunas personas no están hechas para quedarse… pero sí para marcarte para siempre.

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