¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
En Invierno no Florecen los Lirios ════ ⋆★⋆ ════
Effie no recordaba cuándo había empezado a guardar las cartas que no recibía. Tal vez desde el primer invierno que pasó en Concord, cuando llegó con su tía al viejo caserón al otro lado del río, y descubrió que la soledad tenía muchas formas: algunas silenciosas, otras dulces, y algunas con ojos oscuros y sonrisa de muchacho travieso.
Theodore Laurence era una de ellas.
Él no era un desconocido. Todos lo conocían. El chico que vivía en la gran casa al final del camino, siempre entre partituras, risas y visitas constantes a las hermanas March. Ella lo veía cruzar los campos nevados con una bufanda roja ondeando como un cometa, con libros bajo el brazo, o un ramo de flores que nunca era para ella. Laurie era luz. Y Effie... Effie no se había sentido parte de ese mundo brillante desde que su madre murió en otoño.
Aun así, coincidieron.
Primero en la librería, donde ambos se acercaron al mismo ejemplar de Byron y él, sin pensarlo, se lo ofreció con una sonrisa.
—Las damas primero, por supuesto.
—Entonces le cedo a usted la parte de las tormentas —respondió ella—, y me quedaré con los versos tristes.
Él la miró con una mezcla de sorpresa y encanto. Fue la primera vez que notó que no todas las chicas de Concord reían al primer cumplido.
Después coincidieron en el invernadero de los March, cuando Effie llevó a Beth un libro de partituras antiguas. Laurie estaba allí, afinando el piano, y al verla entrar, se calló. No por timidez, sino por curiosidad.
Y poco a poco, empezó a buscarla.
No directamente. No con flores, ni con galantería vacía. Pero con preguntas sutiles, como:
—¿Te gustan más los días grises o los de nieve? —¿Lees en voz alta cuando estás sola? —¿Qué harías si tuvieras un mes entero sin que nadie te necesitara?
Effie no sabía cómo responderle al principio. Estaba acostumbrada a pasar desapercibida, y Laurie no dejaba que eso ocurriera.
Una tarde, bajo un cielo gris que presagiaba más nieve, él apareció en su puerta con un cuaderno de música.
—Beth me dijo que tú sabías leer esto mejor que nadie.
—¿Y si te dijo eso solo para deshacerte de ti?
—Entonces supongo que es el comienzo perfecto para una tragedia.
Ella le hizo pasar.
Durante semanas, Laurie la visitó cada tarde. Tocaban juntos, discutían sobre Chopin, se reían de los compositores demasiado serios y compartían el silencio como si fuera también música. En los inviernos de Effie no florecían los lirios, pero con Laurie, comenzaban a nacer notas.
Pero él era volátil. A veces parecía tener el alma en los ojos. Y otras, como si su corazón aún se escondiera en otro invierno, uno más antiguo, con nombre de Jo.
Effie lo sabía. No era tonta. Había visto cómo la miraba. Cómo hablaba de ella cuando pensaba que nadie notaba. Así que no dijo nada. Ni siquiera cuando Laurie se quedó mirándola demasiado rato después de tocar una pieza a cuatro manos. Ni cuando él se acercó un poco más de lo habitual, la mirada fija en sus labios, y luego se apartó sin atreverse. Ni cuando, una tarde, ella le preguntó en voz baja:
—¿Siempre buscas algo que no puedes tener?
Laurie tragó saliva.
—No siempre. A veces… me doy cuenta demasiado tarde de que lo que quiero está frente a mí.
—Y cuando eso pasa… ¿también te vas?
Él no respondió.
Los días pasaron. La nieve siguió cayendo.
Entonces, un día, Laurie no fue. Ni al siguiente. Ni al tercero.
Effie creyó que todo había terminado sin siquiera empezar. Había guardado demasiadas cartas imaginarias como para no reconocer ese silencio. Volvió a leer sola. A tocar sola. A fingir que no lo echaba de menos.
Hasta que, una noche, alguien golpeó su ventana. Él estaba ahí, con los rizos mojados por la lluvia, sin abrigo, sin cuaderno.
—¿Estás loco? —le dijo ella, abriendo de golpe.
—Puede ser —respondió Laurie—. Pero prefiero estar loco aquí que cuerdo lejos de ti.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Qué quieres, Laurie?
Él respiró hondo.
—Quiero que dejes de guardarte para los que no te miran. Quiero ser el que toque contigo, el que escuche cómo lees en voz alta cuando crees que nadie te oye. Quiero pasar inviernos contigo, y que no te escondas más detrás de partituras.
Effie bajó la vista. Su voz fue apenas un suspiro:
—No soy Jo.
Laurie dio un paso adelante.
—Y gracias a Dios por eso.
Y entonces, por fin, la besó. No con duda, ni con promesas vacías. Sino con la ternura de quien ha esperado mucho y ahora tiene miedo de perderlo todo en un solo gesto. Ella lo besó de vuelta.
El invierno seguía. Pero esa noche, entre velas y lluvia, florecieron los lirios que no se atrevieron antes.