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Un día Inesperado ════ ⋆★⋆ ════
El eco de las risas resonaba en las mazmorras, frías y crueles, como el lugar mismo. Nerissa caminaba con la cabeza gacha, su túnica algo más gastada que las de sus compañeros y sus libros abrazados contra su pecho como si fueran un escudo. Los murmullos y las risitas quedaban a sus espaldas, pero cada palabra era un puñal invisible.
—¿Ya te miraste al espejo hoy, Nerissa? —Es un milagro que no se haya quebrado.— Las burlas no eran nuevas. La casa Slytherin, aunque un refugio para los ambiciosos, podía ser un lugar venenoso para quienes no encajaban.
Draco Malfoy, el príncipe de Slytherin, siempre estaba en el centro de todo. Nunca le lanzaba insultos directos a Nerissa, pero tampoco hacía nada para detener a los demás. A veces, sus comentarios sarcásticos dolían más que cualquier burla.
Esa tarde, después de una larga clase de Pociones, Nerissa sentía como si las paredes de las mazmorras se cerraran sobre ella. Una broma particularmente cruel había sido la gota que colmó el vaso. Se escabulló hacia un rincón olvidado cerca de la sala común, donde las sombras eran densas y el aire estaba cargado de humedad.
El peso en su pecho se intensificó. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas, y su respiración comenzó a ser entrecortada, rápida, descontrolada. Se dejó caer al suelo, abrazándose las rodillas, intentando calmarse, pero el ataque de ansiedad la vencía.
—¡Por Merlín, Nerissa!—
La voz la hizo alzar la cabeza de golpe. Draco Malfoy estaba ahí, con el ceño fruncido, sus ojos grises llenos de una mezcla de confusión y preocupación.
—¿Qué haces aquí?— balbuceó Nerissa entrecortadamente, avergonzada de que él la viera así.
Draco no respondió de inmediato. En lugar de su habitual arrogancia, su expresión era seria, incluso tensa. Se arrodilló frente a ella, dejando caer su bolso de libros a un lado.
—¿Estás teniendo un ataque de ansiedad?— Su voz era más suave de lo que ella jamás había oído.
Ella asintió débilmente, incapaz de decir algo coherente.
—Está bien. Respira conmigo.—
Draco comenzó a inhalar profundamente, exagerando los movimientos de su pecho para que ella lo siguiera. Al principio, Nerissa se sintió ridícula, pero la firmeza en la mirada de Draco le dio algo a lo que aferrarse. Poco a poco, su respiración se estabilizó.
—Eso es. Lo estás haciendo bien.—
El silencio se instaló entre ambos cuando el ataque pasó. Nerissa bajó la mirada, sintiéndose vulnerable, mientras jugaba con las mangas de su túnica. —¿Por qué estás aquí, Draco? No tienes que fingir que te importa. Sé lo que piensas de mí.—
Draco frunció el ceño, visiblemente incómodo. —¿Qué piensas que creo de ti?—
—Que soy fea. Insignificante. Como todos los demás.—
Hubo un momento de tensión, donde los ojos de Draco parecieron oscurecerse. —¿Eso es lo que crees? Que yo… que todos…— Hizo una pausa y, para sorpresa de Nerissa, se sentó a su lado, apoyando la espalda contra la pared fría. —Escucha, no voy a pretender que he sido amable contigo. Pero no te confundas: yo no pienso eso de ti.—
Ella lo miró con incredulidad. —Entonces, ¿por qué nunca hiciste nada para detenerlos?—
Draco apartó la mirada, mordiéndose el labio. —Porque soy un cobarde.— La confesión salió en un susurro. —Es más fácil mantener una imagen, ¿sabes? Pero no es excusa. Estaba equivocado.—
Nerissa no sabía qué decir. Había algo genuino en su voz, algo que nunca antes había visto en él.
—Te subestiman,— continuó Draco. —Todos lo hacemos. Pero no te das cuenta de que tienes algo que ninguno de ellos tiene. Eres… fuerte, a pesar de todo. Y eso me molesta, porque no entiendo cómo puedes ser tan…—
—¿Tan qué?—
—Tan increíblemente tonta por no ver lo que vales.—
La confesión la dejó sin palabras. Draco Malfoy, el mismo que había estado en su círculo de tormento, ahora la miraba como si ella fuera lo único importante en el mundo.
—Sé que no puedo arreglar todo lo que hice,— murmuró. —Pero puedo intentarlo.—
Y antes de que Nerissa pudiera procesar sus palabras, Draco tomó su mano, entrelazando sus dedos con una delicadeza que ella jamás habría asociado con él. La calidez de su contacto rompió algo dentro de ella: no su tristeza, pero sí la soledad que había cargado durante tanto tiempo.
—Si alguna vez te vuelven a molestar,— dijo Draco, sus ojos serios, —tendrán que enfrentarse a mí.—
Por primera vez en mucho tiempo, Nerissa sintió una chispa de esperanza. Quizás, solo quizás, había alguien dispuesto a ayudarla.