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Algo más que un Juego ════ ⋆★⋆ ════
La música retumbaba en las paredes del sótano donde la fiesta llevaba horas en pleno apogeo. Los chicos reían, las luces parpadeaban y el aire estaba cargado de calor, alcohol y palabras que, tal vez, no debían decirse. Esme llevaba semanas intentando encajar en Hawkins, tratando de encontrar un lugar entre el grupo de Steve Harrington. Y aunque nadie había sido cruel con ella, a veces sentía que estaba allí por pura cortesía.
—¡Vamos! ¡Es hora del Yo nunca, nunca! —gritó Carol desde el sofá, agitando una botella de cerveza.
Las risas aumentaron y todos comenzaron a formar un círculo. Esme se sentó entre Steve y Nancy, sintiendo el nerviosismo retorcerse en su estómago. Yo nunca, nunca… un juego tonto que siempre terminaba sacando secretos al aire.
—Empiezo yo —dijo Tommy con una sonrisa traviesa—. Yo nunca, nunca… he fumado hierba.
La mayoría bebió, incluido Steve, que sonrió con ese aire despreocupado suyo, como si el mundo estuviera a sus pies.
El juego siguió, preguntas inocentes al principio, pero pronto subieron de tono: relaciones, noches perdidas, secretos más íntimos. Esme apenas bebía, incómoda al notar las miradas que, sin querer, terminaban en ella cada vez que dejaba su botella intacta.
—Está bien, está bien —dijo Steve finalmente, con esa voz tan suya que dominaba cualquier conversación—. Yo nunca, nunca… he dado mi primer beso en público.
Todos bebieron entre risas y murmullos, hasta que los ojos de Carol, siempre observadora, se clavaron en Esme.
—¡Espera! —exclamó ella—. ¿Esme no bebió?
El silencio se instaló en la habitación. Esme sintió cómo las miradas de todos caían sobre ella, como un peso insoportable. Trató de sonreír, de fingir que no pasaba nada.
—¿De verdad nunca has dado un beso? —preguntó uno de los chicos, incrédulo.
—Eso… no tiene nada de malo —murmuró Esme, sintiendo cómo las mejillas le ardían.
Pero la risa incómoda de uno, el murmullo de otro y el intercambio de miradas hicieron que la vergüenza la consumiera. “¿Cómo puede ser? ¿En serio? Pobrecita.” Las voces parecían mezclarse, volviéndose un ruido insoportable. Esme se levantó abruptamente.
—Voy al baño —dijo con voz ahogada, saliendo de la sala sin esperar una respuesta.
Cruzó el pasillo hasta el cuarto de invitados y cerró la puerta detrás de sí. Apoyó la espalda contra la madera, respirando hondo para calmar el nudo que sentía en la garganta. No debería importarle, ¿verdad? Pero sí lo hacía. “Nunca has dado un beso.” Por supuesto que no. No cuando se había pasado la vida sintiéndose invisible, poco atractiva y demasiado torpe para captar la atención de nadie.
—Esme.
La voz la sobresaltó. Giró la cabeza y vio a Steve Harrington asomado por la puerta apenas entreabierta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, tratando de sonar firme, aunque su voz tembló.
—Te vi salir. Quería ver si estabas bien.
—Estoy bien. No tienes que preocuparte. Puedes volver con tus amigos.
Steve entró del todo, cerrando la puerta tras él. Se veía serio, con el ceño fruncido, lo cual era extraño en él.
—No fue para tanto —dijo con suavidad—. No deberían haberte hecho sentir incómoda.
—No importa. Es verdad, ¿no? —respondió Esme con amargura—. Nunca he besado a nadie. No soy como las chicas con las que tú sales, Steve. No soy… bonita ni divertida ni interesante. Y eso está bien. Me acostumbré hace mucho tiempo.
—Oye, para —dijo Steve, cruzando el espacio que los separaba—. No vuelvas a hablar de ti así.
Esme levantó la cabeza para mirarlo, sorprendida por la intensidad en su voz. Steve estaba justo frente a ella, tan cerca que podía ver el brillo de sus ojos y la forma en que su mandíbula se tensaba.
—No entiendes, Steve. Tú no lo sabes porque eres tú. Eres el chico que todas quieren y yo… yo soy invisible.
Steve negó con la cabeza lentamente, y algo en su mirada hizo que Esme olvidara cómo respirar.
—No eres invisible, Esme. Créeme, no lo eres. —Su voz bajó apenas un susurro mientras inclinaba ligeramente la cabeza—. Si nadie ha sabido verte hasta ahora, entonces no se lo merecían.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró ella, con el corazón latiéndole desbocado.
—Algo que tal vez debería haber hecho hace tiempo.
Y antes de que pudiera procesarlo, los labios de Steve rozaron los suyos. Fue un beso suave, cuidadoso, como si temiera que ella pudiera romperse. Pero cuando Esme no retrocedió, Steve la tomó con más firmeza, inclinando la cabeza para profundizar el contacto. El calor subió por su cuerpo, encendiéndole la piel de una forma que jamás había sentido antes.
Steve la pegó más a él, sus manos recorriendo lentamente sus brazos hasta llegar a su cintura, donde se detuvieron, fuertes pero gentiles. Esme sintió cómo toda la inseguridad y el dolor del momento anterior se desvanecían bajo el toque de Steve, reemplazados por algo que no lograba identificar pero que la consumía por completo.
Cuando finalmente se separaron, Steve la miró con una sonrisa torcida y esa intensidad que lo hacía parecer peligroso y protector a la vez.
—No deberías pensar tan poco de ti misma, Esme —dijo en voz baja, rozando su mejilla con los dedos—. Porque si no lo has notado, eres mucho más que lo que crees.
Esme lo miró, todavía sintiendo el cosquilleo en sus labios.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, insegura.
Steve sonrió suavemente, acariciando una de las hebras de su cabello.
—Porque quería demostrarte que estabas equivocada. Que eres hermosa, Esme. Que vales mucho más de lo que crees.
Esme no supo qué responder, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien la veía realmente. No como un accesorio en el grupo, no como la chica que pasaba desapercibida, sino como ella misma.
Y Steve Harrington, el chico al que jamás creyó poder interesarle, había sido quien le devolviera un pedazo de lo que creía perdido.
—Gracias —susurró finalmente, sin poder evitar una pequeña sonrisa.
Steve sonrió de vuelta, su pulgar rozando suavemente su mejilla antes de soltarla.
—No tienes que agradecerme. Pero si quieres que sigamos practicando… yo no me quejaría.
Esme soltó una risa entre dientes, empujándolo suavemente en el pecho. Y aunque todavía no entendía del todo lo que había sucedido entre ellos, una cosa era segura: esa noche, todo cambió.