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Protección Silenciosa ════ ⋆★⋆ ════
En los tranquilos y seguros muros de Alexandria, Carl Grimes no podía dejar de sentirse atrapado. Aunque su vida había mejorado desde que llegaron allí, la rutina lo aburría. Solía escaparse con Enid, buscando algo de emoción en un mundo que ya parecía demasiado seguro. El chico rebelde, siempre en busca de algo que lo sacara de su comodidad, encontraba consuelo en la adrenalina de explorar más allá de los límites establecidos. Sin embargo, lo que Carl no sabía era que, mientras él vivía su vida sin preocupaciones, alguien estaba haciendo mucho más por la gente que él amaba.
Ada, de su misma edad, era una joven tranquila pero de una fortaleza imparable. Ella no era la típica adolescente que buscaba aventuras o huir de la rutina. En cambio, Ada se había convertido en una figura crucial para la familia Grimes, aunque no de la manera que todos pensaban. Cada día, después de sus propios deberes, Ada pasaba su tiempo con Judith, la hermana de Carl, cuidándola con devoción. Jugaba con ella, la alimentaba, la arrullaba hasta que se quedaba dormida, todo sin esperar nada a cambio.
Carl, que solía ver a Judith en manos de su padre o de Michonne, no había notado la presencia constante de Ada. Sin embargo, un día algo cambió. Mientras paseaba por los jardines de Alexandria con Enid, vio a Ada, sentada en una silla cerca del columpio, con Judith en sus brazos. La niña reía mientras Ada le hacía cosquillas, su rostro iluminado por una sonrisa que Carl nunca había notado antes.
—¿Qué hace ella con Judith? —preguntó Carl, mirando hacia el pequeño grupo.
Enid, que siempre parecía saberlo todo, le lanzó una mirada significativa.
—¿Nunca la has visto antes? Ella cuida de Judith casi todo el tiempo. A veces incluso más que tú.—
Carl se sintió un nudo en el estómago. ¿Por qué no se había dado cuenta antes de lo que estaba pasando? La idea de que una chica de su edad, alguien de su propia comunidad, estuviera tan involucrada en el cuidado de su hermana lo sorprendió. Y no solo eso: había algo en la forma en que Ada miraba a Judith, algo que iba más allá de un simple acto de bondad. Esa mirada era protectora, maternal, como si fuera su propia hija.
A partir de ese momento, Carl no pudo dejar de pensar en ella. En los días siguientes, mientras paseaba por Alexandria, la observaba a lo lejos. La veía con Judith, jugando en el jardín, leyendo cuentos o simplemente cuidándola mientras ella dormía en la cuna. Aunque no era algo que hiciera con la intención de llamar la atención de Ada, Carl no pudo evitar sentirse atraído por su dedicación y ternura. Había algo en su manera de cuidar a Judith que lo desconcertaba, algo que lo hacía admirarla más.
Un día, después de pasar la tarde con Enid, Carl decidió acercarse a Ada. La vio en el patio, con Judith en brazos, como siempre, jugando con ella bajo el cálido sol. Su corazón latía un poco más rápido mientras se acercaba, inseguro de cómo iniciar la conversación.
—Hola —dijo finalmente, mirando a Ada.
Ada levantó la vista, sorprendida al principio, pero luego sonrió suavemente al reconocerlo.
—Hola, Carl. ¿Qué tal? —respondió, bajando a Judith de su regazo para que pudiera jugar en el césped.
Carl observó a Judith por un momento antes de volver la vista a Ada, con una expresión seria.
—Nunca te he visto mucho alrededor. ¿Siempre estás con ella? —preguntó, señalando a Judith con la cabeza.
Ada asintió, sin titubeos.
—Sí. Es una de mis responsabilidades. Quiero asegurarme de que esté bien cuidada, que tenga lo que necesita. —Su tono era tranquilo, pero había una firmeza en sus palabras que Carl no pudo ignorar.
Carl se quedó en silencio por un momento, absorbiendo lo que acababa de escuchar. No era solo una cuestión de ayudar, de cuidar a alguien. Ada lo hacía con amor, con una devoción que él nunca había visto en nadie más. Algo en su interior comenzó a cambiar. No podía negar que había algo especial en ella.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Carl, sintiendo que la pregunta salía antes de que pudiera detenerla. —Quiero decir, sé que te gusta, pero... hay muchas personas que podrían hacerlo.
Ada lo miró con una ligera sonrisa, y por un momento Carl pensó que iba a esquivar la pregunta, pero ella respondió con sinceridad.
—Porque creo que es lo correcto. Judith necesita amor y cuidado, especialmente después de todo lo que ha pasado. Y alguien tiene que asegurarse de que reciba eso, ¿no? —Miró a Carl por un segundo, sus ojos sinceros y algo desarmantes. —Además, me gusta estar cerca de ella. Me hace sentir útil.
Carl sintió una punzada en el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, se dio cuenta de que había algo en Ada que no solo lo atraía, sino que lo hacía admirarla profundamente. No era solo su dedicación hacia Judith, sino su carácter tranquilo y fuerte al mismo tiempo.
—Creo que eres increíble —dijo Carl, sin pensar demasiado en las palabras.
Ada lo miró, sorprendida por su sinceridad, pero también con una sonrisa cálida.
—Gracias, Carl. Eso significa mucho.—
El silencio se hizo un poco más largo, pero fue un silencio cómodo, uno en el que ambos sentían una conexión recién nacida. Carl, por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente presente en ese momento. Era como si todo lo que había experimentado hasta entonces —la violencia, el caos, la pérdida— hubiera desaparecido por un segundo, y solo quedaran ellos dos, observándose bajo el sol de Alexandria.
Carl no sabía cómo continuar la conversación ni cómo decir lo que sentía, pero algo le decía que lo importante no era encontrar las palabras correctas, sino seguir adelante, poco a poco, aprendiendo a conocer a Ada, a proteger a Judith juntos. Y, mientras el sol se ponía, algo en su corazón comenzó a latir con más fuerza por una chica que había aprendido a cuidar sin que nadie lo notará.