¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Bajo el fuego de la Verdad ════ ⋆★⋆ ════
El carruaje avanzaba a toda velocidad, dejando atrás las luces de la ciudad. Lavinia mantenía el rostro fijo en la ventana, sus manos crispadas sobre la falda mientras trataba de ignorar el corazón que palpitaba en su pecho. No podía creer que estuviera haciendo esto, pero cuando Tewkesbury apareció en su puerta esa noche, con una mirada entre aterrada y decidida, no pudo negarse.
—Están tras de mí, Lavinia. No tengo a quién más recurrir.—
No había necesitado más explicaciones. Ahora, mientras los caballos cruzaban la noche, ella no podía evitar mirar de reojo al joven vizconde sentado frente a ella. Su mandíbula estaba tensa, sus rizos desordenados, y su chaqueta ligeramente rasgada, como si hubiera estado corriendo por su vida.
—¿Vas a contarme lo que está pasando? — preguntó Lavinia finalmente, rompiendo el silencio que se había hecho insoportable.
Tewkesbury exhaló, pasando una mano por su cabello.
—Es complicado. Alguien en la Cámara de los Lores me vio oponiéndome a una ley corrupta. Ahora intentan silenciarme… permanentemente.—
Lavinia arqueó una ceja.
—Así que, básicamente, te estás enfrentando a un complot político mortal, y decidiste traerme contigo. Muy caballeroso.—
—No tenía opción —replicó él, mirándola fijamente. —Necesitaba a alguien en quien confiar, alguien con tu ingenio… y tu valor.—
Lavinia sintió que sus mejillas se calentaban, pero no permitió que él lo notara. Antes de que pudiera responder, el carruaje dio un brusco giro. Desde afuera se escucharon gritos y el ruido de cascos acercándose.
—¡Nos han alcanzado! —gritó el cochero.
Sin pensarlo, Lavinia y Tewkesbury intercambiaron una mirada antes de abrir la puerta del carruaje y asomarse. Un grupo de jinetes armados venía tras ellos, con espadas que brillaban bajo la luz de la luna.
—Esto no pinta bien —murmuró Lavinia, su mente ya trabajando en un plan.
—Salta conmigo —dijo Tewkesbury, tomándola de la mano de repente.
—¿Estás loco?—
—Confía en mí.—
Sin darle tiempo a responder, él la sujetó con fuerza y saltaron juntos del carruaje, rodando por el suelo hasta que quedaron ocultos tras unos arbustos. Los jinetes pasaron de largo, persiguiendo el carruaje vacío, sin notar que sus objetivos habían escapado.
Lavinia jadeó, con el corazón latiendo con fuerza mientras se daba cuenta de que Tewkesbury aún la sostenía contra su pecho.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz baja pero cargada de preocupación.
—¿Qué crees? replicó Lavinia, pero su tono no tenía la mordacidad habitual. En cambio, había algo más suave en su mirada, algo que Tewkesbury no pudo ignorar.
Se quedaron en silencio, demasiado cerca el uno del otro, con la adrenalina todavía corriendo por sus venas. Los ojos de Tewkesbury se posaron en los de Lavinia, y ella no pudo evitar notar lo intensos que eran.
—Siempre pensé que eras más sensata que esto —dijo él en voz baja, pero su tono tenía un deje de admiración.
—Siempre pensé que eras más cobarde —replicó ella, aunque una sonrisa juguetona curvaba sus labios.
Él no pudo evitar reír suavemente, y en ese instante, algo cambió entre ellos. Sin pensarlo, Tewkesbury llevó una mano a su rostro, apartando un mechón de cabello que había caído sobre sus ojos.
—Gracias por estar aquí, Lavinia. No sé qué haría sin ti.—
Antes de que ella pudiera responder, Tewkesbury inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso intenso, como si todo el miedo, la pasión y la incertidumbre de esa noche se concentraran en ese momento. Lavinia se sorprendió al principio, pero pronto le devolvió el beso con igual fervor, dejando que la electricidad del momento los envolviera.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando ligeramente, y el mundo a su alrededor pareció volver a la realidad.
—Esto no significa que estés perdonado por arrastrarme a este lío —dijo Lavinia, aunque su voz era más suave ahora.
—Por supuesto que no —respondió Tewkesbury, con una sonrisa en los labios.
—Pero tal vez valga la pena… por momentos como este.—
Los dos compartieron una última mirada antes de levantarse. La noche aún era joven, y los peligros no habían terminado, pero ahora sabían que podían enfrentarlos juntos. Y aunque el camino sería incierto, una cosa era segura: ya no estaban solos.