Finney Blake | The black phone

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El susurro de la coincidencia════ ⋆★⋆ ════

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El susurro de la coincidencia
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Cleo siempre había sido la observadora. Sin amigos, sin compañía, se había acostumbrado a su propia soledad y, en lugar de verla como un vacío, la aceptaba como una forma de llenar los días con algo que, de alguna manera, la mantenía conectada al mundo. Y aunque a veces deseaba formar parte de la vida de los demás, no sabía cómo empezar. Así que se limitaba a observar, a imaginar lo que las personas alrededor de ella vivían, cómo se sentían, cómo serían sus vidas.

Esta semana, su objeto de interés era Finney Blake. En la escuela, él siempre parecía estar solo, al igual que ella. No estaba apartado de forma obvia, ni buscaba atención, simplemente era… invisible. Pero había algo en su silencio que la atraía, algo que la hacía pensar que tal vez, si se atreviera, podría ser amiga de él. Podrían ser dos almas solitarias que se entendían. Pero, claro, solo podía imaginarlo desde su lugar seguro de observadora.

Finney, con su mirada tranquila pero distante, parecía tan ajeno a todo, tan inmune a la conversación alegre que giraba a su alrededor. Nunca hablaba mucho, y siempre había algo en su rostro que dejaba entrever que había más bajo la superficie. Cleo solía verle durante las horas de almuerzo, sentado en un banco apartado, con la cabeza agachada, a menudo con una libreta en sus manos, como si estuviera anotando cosas que solo él podía entender.

La idea de acercarse a él la rondaba, pero siempre se quedaba donde estaba, sin atreverse a dar el primer paso. ¿Y si le molestaba? ¿Y si no quería ser su amiga? No sabía cómo empezar, así que se conformaba con observarlo desde la distancia.

Un día, después de clase, mientras Cleo caminaba por los pasillos vacíos, algo extraño ocurrió. Al girar una esquina, chocó de frente con Finney, que parecía estar tan absorto en sus pensamientos que no había visto su camino. Los libros que llevaba en las manos cayeron al suelo, y Cleo se agachó rápidamente para ayudarle a recogerlos.

—Lo siento, no te vi —dijo él, su voz baja, pero con una suave sonrisa de disculpa.

Cleo se quedó un segundo mirando esos ojos azules que parecían tan vacíos y, a la vez, tan llenos de algo que no podía comprender.

—No pasa nada —respondió, evitando mirarle demasiado. La torpeza de la situación la hizo sentirse aún más fuera de lugar—. Yo… también no te vi.

Ambos se quedaron allí, agachados, recogiendo los libros, sin saber bien qué decir. Cleo sintió una extraña necesidad de hablar, de romper el silencio que pesaba entre ellos.

—¿Tú… tú siempre estás tan callado? —preguntó, sin pensar. Era una pregunta tonta, pero tenía que salir. Era la oportunidad, ¿verdad?

Finney la miró por un momento, antes de encogerse de hombros con una expresión algo incómoda.

—Supongo. No tengo mucho de qué hablar. Solo… cosas. —Miró hacia el pasillo, como si no supiera cómo seguir.

Cleo notó que, aunque su respuesta había sido simple y breve, había algo en la forma en que lo dijo, algo triste, como si le costara abrirse. Un sentimiento que ella conocía bien. La incomodidad de no encajar, de no saber cómo relacionarse con los demás.

—¿Sabes? —dijo, sin pensar demasiado—. Yo también soy como tú, no tengo muchos amigos. Siempre observo a los demás, me pregunto cómo sería estar en su lugar… ¿y tú?

Finney la miró, y por un momento, algo cambió en su rostro. No fue un cambio grande, pero Cleo lo notó. Un destello de comprensión, de alguien que había estado viviendo lo mismo.

—Eso suena… raro —dijo con una leve sonrisa, como si no pudiera evitarlo. A pesar de todo, parecía relajarse un poco—. Yo también observo a la gente. No sé… me parece que a veces entienden más a los demás que a sí mismos.

Cleo sonrió débilmente, sintiendo cómo la distancia entre ellos empezaba a acortarse, aunque solo fuera un poco.

—Es un poco… solitario, ¿verdad? —respondió, alzando una ceja, como si lo que decía fuera una broma.

Finney se encogió de hombros.

—Sí. Pero tal vez así es como debe ser. —Miró hacia abajo, como si no quisiera seguir hablando sobre eso.

Pero Cleo ya no se sentía incómoda. Algo en la forma en que él hablaba, en cómo se expresaba, le decía que podía entenderlo. Era como si ambos estuvieran atrapados en una burbuja, observando el mundo desde afuera, sin poder encontrar el camino hacia adentro.

—¿Sabes qué? —dijo ella, sintiendo que este era el momento—. Tal vez podamos hablar más. No me importaría.

Finney la miró, y por un segundo, Cleo pensó que él iba a decir algo frío o indiferente, pero en lugar de eso, asintió lentamente, como si finalmente aceptara la oferta que había estado eludiendo.

—Sí, tal vez.

El timbre sonó, y ambos se levantaron rápidamente, aún con los libros en las manos. Pero antes de que Cleo pudiera irse, Finney la detuvo.

—Oye, Cleo… ¿quieres sentarte juntos mañana en el almuerzo?

Cleo no podía creer lo que había escuchado. Su corazón dio un salto, pero se apresuró a responder para no parecer demasiado entusiasta.

—Claro, ¿por qué no?

Finney le sonrió, una sonrisa tímida pero genuina, y Cleo sintió cómo el peso de la soledad que había llevado durante tanto tiempo se desvanecía por un momento.

—Genial —dijo él, y con un leve giro, se alejó por el pasillo.

Cleo se quedó allí, mirando su espalda, sonriendo para sí misma. Tal vez la vida no siempre se trataba de ser valiente o de dar grandes pasos. A veces, solo se trataba de un pequeño encuentro, una coincidencia que cambiaba todo. Y en ese momento, Cleo supo que este era el comienzo de algo nuevo.

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