Peter Pevensie | Narnia

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Promesas en la Tempestad════ ⋆★⋆ ════

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Promesas en la Tempestad
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El aire en Narnia era denso con el olor a hierro y humo. El eco de la batalla todavía resonaba en los valles mientras Peter Pevensie, con la espada aún en la mano, escudriñaba el campo en busca de su siguiente movimiento.

Sin embargo, su atención se desvió cuando, a lo lejos, vio a Lydia, una de sus más cercanas aliadas en la guerra contra la Bruja Blanca, tambalearse y caer al suelo.

Sin perder un segundo, Peter corrió hacia ella, su corazón latiendo con fuerza. Lydia había luchado con una valentía incansable, su arco y flechas siendo una amenaza constante para las criaturas al servicio de la Bruja. Al llegar junto a ella, Peter se arrodilló y la levantó suavemente en sus brazos.

—Lydia, aguanta —murmuró, su voz llena de preocupación mientras la cargaba hacia un claro apartado, lejos del fragor de la batalla.

Lydia intentó protestar, pero el dolor en su costado era demasiado intenso. —Peter, estoy bien —dijo con un hilo de voz, aunque sabía que él no la escucharía. La mirada decidida en sus ojos le decía que nada lo haría detenerse hasta que estuviera a salvo.

Encontraron refugio en una pequeña cueva, sus paredes de piedra fría y oscura, pero lo suficientemente segura para brindarles un momento de respiro.

Peter la colocó con cuidado sobre el suelo, apoyando su espalda contra la pared mientras examinaba la herida. Un corte profundo cruzaba su costado, y aunque no parecía mortal, necesitaba ser tratado rápidamente.

—Lo siento, —murmuró Peter mientras rasgaba un trozo de su capa para improvisar un vendaje. —Tendré que limpiar la herida como pueda, y no será agradable.—

Lydia asintió, apretando los dientes en preparación para el dolor. Mientras Peter trabajaba, su mente divagó hacia los eventos de la batalla, y cómo la guerra que libraban parecía interminable. Ambos sabían que cada día en Narnia podía ser el último, y ese pensamiento, tan real y cercano, la llenaba de una angustia que iba más allá del dolor físico.

Cuando Peter terminó de atar el vendaje, sus manos se detuvieron sobre las de Lydia, que temblaban ligeramente. Alzó la vista y vio la mezcla de dolor y algo más en sus ojos, algo que resonaba con lo que él mismo había estado sintiendo.

—Lydia, —comenzó Peter, su voz baja pero cargada de una emoción que rara vez permitía mostrarse. —No puedo soportar la idea de que esta guerra nos separe. Cada vez que lucho, cada vez que te veo en el campo de batalla, temo que pueda ser la última vez que te vea.—

Lydia, a pesar del dolor, sonrió suavemente. —Peter, hemos enfrentado mucho juntos. Pero la verdad es que también he tenido miedo. Miedo de perderte, miedo de que nunca tengamos la oportunidad de... de ser algo más que guerreros en esta guerra interminable.—

Peter tomó una respiración profunda, sintiendo cómo sus propias emociones lo abrumaban. —Si hay algo que esta guerra me ha enseñado, es que no quiero seguir sin hacer esto claro.— Sus ojos se encontraron con los de Lydia, llenos de determinación y afecto. —No sé qué nos depara el futuro, pero quiero que sepas que lucharé por un futuro contigo. No importa cuán incierto o peligroso sea.—

Lydia sintió cómo las lágrimas picaban en sus ojos, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de la intensa emoción que la confesión de Peter provocó en ella. —Peter, —susurró, llevando una mano temblorosa a su mejilla. —También he imaginado un futuro contigo, uno donde no tengamos que preocuparnos por batallas o guerras. Solo nosotros, viviendo en paz.—

Peter inclinó la cabeza, apoyando su frente contra la de Lydia, ambos compartiendo un momento de intimidad que parecía tan fuera de lugar en medio del caos que los rodeaba, pero tan necesario para ellos. —Entonces, hagamos una promesa, —dijo con suavidad. —Prometámonos que, pase lo que pase, lucharemos por ese futuro, por ese lugar en el que podamos estar juntos, sin miedo.—

Lydia asintió, sus labios curvándose en una sonrisa ligera. —Lo prometo, Peter. Lucharé contigo, por ese futuro, por nosotros.—

Peter cerró los ojos un momento, permitiéndose disfrutar de esa cercanía, de esa promesa compartida. Luego, con una suavidad que solo reservaba para aquellos momentos en los que las palabras no eran suficientes, besó a Lydia. El beso fue breve, pero cargado de todo lo que habían compartido y todo lo que aún soñaban compartir.

Cuando se separaron, Peter la miró con una determinación renovada. —Descansa un momento. En cuanto estés mejor, volveremos a la batalla. Pero ahora, lo haremos sabiendo por qué estamos luchando.—

Lydia asintió, sintiendo cómo una nueva fuerza la llenaba. Sabía que la guerra no terminaría pronto, y que muchos desafíos aún los aguardaban. Pero con esa promesa en sus corazones, sabían que no importaba lo que viniera, seguirían adelante, juntos.

En la cueva, rodeados por el eco distante de la batalla, Peter y Lydia encontraron un momento de paz, un respiro en medio de la tormenta. Y con esa paz, una nueva esperanza floreció, una esperanza que no podía ser destruida ni por la guerra ni por el destino incierto.

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