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Por si Acaso no era Casualidad ════ ⋆★⋆ ════
La primera vez que Lena entró en la pequeña librería de viajes en Notting Hill, William estaba discutiendo con un niño que insistía en comprar un mapa de Narnia.
—No, no existe —decía él, con tono paciente—. Créeme, si existiera, yo estaría empacando ahora mismo.
El niño se fue entre indignado y confundido. Lena soltó una risa ahogada desde la sección de guías de montaña.
William alzó la vista, la miró por encima de sus gafas, y sonrió.
—Podría haberle vendido uno de Escocia y decirle que Narnia empieza justo detrás de un castillo abandonado, pero creo que eso sería fraude emocional.
—Y educativo —respondió Lena, acercándose—. Aunque no estoy segura de cuál de los dos es peor.
Ese fue el primer encuentro.
Lena compró una guía de senderos por la costa italiana, aunque no tenía planes de viajar. Cuando William le preguntó si se iba de vacaciones, ella simplemente dijo: “No, solo me gusta imaginar que sí.”
Volvió al día siguiente. Y al siguiente.
A veces compraba libros. A veces no. A veces solo se quedaba hablando con William sobre ciudades que ninguno había visitado, sobre autores que ambos fingían conocer, sobre cosas que no sabían si estaban diciendo en serio. Había algo en él que desarmaba la prisa. Algo que hacía que el mundo pareciera menos abrumador.
Un día de lluvia, Lena llegó sin paraguas y con el pelo completamente empapado.
—Parezco un gremlin abandonado —dijo, chorreando en la entrada.
—No te alimentaremos después de medianoche, lo prometo —respondió William, ofreciéndole una toalla como si fuera algo que siempre tenía para emergencias literarias o meteorológicas.
Pasó más tiempo.
Las conversaciones se volvieron menos casuales y más personales.
Ella le contó que se había mudado a Londres para escapar de una versión de sí misma que se había vuelto insoportable en su ciudad natal. Él le confesó que, a veces, se sentía como un personaje secundario en su propia vida.
Una noche, mientras compartían una pizza fría sentados en el suelo de la librería porque la calefacción se había estropeado, Lena le preguntó:
—¿Tú crees en eso del momento justo?
—¿En el sentido de que dos personas se encuentran cuando deben?
—Sí. ¿Y si se encuentran un poco antes? ¿O un poco después?
William pensó durante unos segundos.
—Creo que, si es la persona correcta, el momento no importa. Se quedará. Aunque llegue mal. Aunque todo esté patas arriba.
Lena lo miró. Y supo que ya no iba a dejar de venir.
El primer beso ocurrió sin plan. Como todo lo importante.
Estaban cerrando la librería, y William tropezó con una caja de libros que llevaba días ignorando. Ambos rieron. Cuando ella se agachó para ayudarlo, él la miró, algo más cerca de lo habitual.
—¿Te quedas un rato más?
—¿Pensaba irme?
Él no contestó. Solo la besó. Torpe al principio, cálido enseguida. Fue un beso que no necesitó ser espectacular para ser sincero. Uno de esos que se sienten como volver a casa.
Desde entonces, empezaron a construir algo. Algo tranquilo, lleno de cafés a medio terminar, películas sin subtítulos, domingos leyendo en silencio. Ninguno intentó impresionar al otro. Y por eso funcionaba.
Un día, mientras caminaban por Portobello Road, Lena se detuvo.
—Esto no era parte del plan —dijo, mirando escaparates llenos de objetos inútiles.
—¿Qué plan?
—El mío. Venía a Londres a olvidarme del amor. A ser independiente, fría, elegante. Un desastre perfectamente funcional.
William sonrió.
—Lamento ser tan poco conveniente.
—No lo eres. —¿No?
—No. Eres mi parte favorita del error.
Él se acercó. Le tomó la mano.
—Pues sigamos equivocándonos.
Y siguieron.
No como si estuvieran destinados, ni como si su historia fuera de cuento. Solo como dos personas que se encontraron en el momento en que ambos habían dejado de buscar. Y que, por alguna razón inexplicable, decidieron quedarse.