Gally | The maze runner

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El aire era pesado en la última base de resistencia. Las paredes de concreto estaban manchadas por años de desgaste, y las luces parpadeaban de vez en cuando, como si la electricidad misma estuviera tan cansada como las personas que se refugiaban allí. Zaray nunca había pensado que llegaría a acostumbrarse a ese tipo de vida, pero después de tanto tiempo huyendo de CRUEL y los infectados, cualquier lugar con techo y un poco de agua potable era suficiente.

Aun así, no había día en que no pensara en el Claro y en todos los que había perdido. Especialmente él.

Gally.

Cuando lo vio caer aquella noche en la sede de CRUEL, una lanza atravesándole el torso, Zaray había sentido que su mundo se derrumbaba. Gally no había sido perfecto. Era terco, orgulloso, y a veces tenía una forma áspera de demostrar que se preocupaba, pero para Zaray, él había sido un faro en medio de la confusión. Su muerte dejó un vacío que ningún enfrentamiento ni ninguna victoria había podido llenar.

Esa noche, mientras Zaray repasaba mapas junto a los demás en una pequeña sala de reuniones, un ruido en el pasillo hizo que todos se giraran. Era el sonido de botas pesadas, un eco firme y constante que parecía fuera de lugar en un refugio donde la mayoría caminaba con pasos ligeros, intentando no llamar la atención.

—¿Quién está ahí? —gritó Minho, levantándose de inmediato y empuñando un cuchillo.

La puerta se abrió lentamente, y una figura alta y familiar apareció en el umbral.

Zaray dejó caer el lápiz que sostenía.

—No… puede ser.

Allí, de pie bajo la luz parpadeante, estaba Gally. Su cabello estaba más corto, su rostro cubierto de pequeñas cicatrices nuevas, pero esos ojos… esos ojos seguían siendo los mismos: oscuros, intensos y llenos de algo que Zaray nunca había podido definir del todo.

—Hola —dijo Gally, con una voz grave pero insegura, como si no supiera cómo comenzar.

El silencio fue roto por Minho, que dejó escapar un juramento y avanzó hacia Gally con pasos rápidos.

—¿Qué clase de broma es esta? Tú estás muerto. Te vimos caer.

—No estoy muerto. Nunca lo estuve —respondió Gally, alzando las manos en un gesto de rendición. Sus ojos, sin embargo, buscaron a Zaray, como si ella fuera la única persona en la habitación que importara.

Zaray no podía moverse. Su cuerpo estaba congelado, atrapado entre la incredulidad y una oleada de emociones que no podía controlar.

—¿Cómo… cómo es posible? —murmuró finalmente, su voz quebrándose.

Gally dio un paso hacia ella, ignorando por completo la tensión en la sala.

—Me dejaron por muerto, pero sobreviví. Fue un grupo de la resistencia quien me encontró. Me cuidaron… y me trajeron aquí.

Zaray sintió que las lágrimas comenzaban a caer, pero no hizo nada por detenerlas.

—Pensé que nunca volvería a verte —confesó en un susurro.

Gally cerró la distancia entre ellos en dos pasos más. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano temblorosa y la dejó descansar en su mejilla.

—Pensé que nunca tendría la oportunidad de volver a hacerlo bien contigo.

Zaray no pudo contenerse más. Se lanzó hacia él, abrazándolo con fuerza, sus brazos envolviéndolo como si temiera que desapareciera si lo soltaba. Para su sorpresa, Gally respondió con igual intensidad, sus brazos fuertes rodeándola y su rostro hundiéndose en el hueco de su cuello.

—Estás aquí… estás vivo… —repetía Zaray entre sollozos, incapaz de creerlo del todo.

Gally aflojó ligeramente el abrazo, lo justo para mirarla a los ojos.

—Y estoy aquí para quedarme, Zaray. Ya no voy a ninguna parte.

Por un momento, el mundo exterior desapareció. No había guerra, ni CRUEL, ni infectados. Solo estaban ellos dos, en un reencuentro que parecía imposible, pero que ahora se sentía como el único destino que había tenido sentido.

—Te extrañé tanto —confesó Zaray, apoyando su frente contra la de él.

Gally esbozó una pequeña sonrisa, una que solo ella conocía.

—Yo también, Zaray. Cada día.

Y en ese instante, mientras se miraban, ambos supieron que, aunque el mundo estuviera en ruinas, habían encontrado un hogar en el otro.

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