Sanji | One piece

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La receta del Amor════ ⋆★⋆ ════

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La receta del Amor
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El sol apenas comenzaba a iluminar el pequeño puerto de la isla, y Sanji ya estaba de pie, listo para una nueva "misión". La tripulación del Sombrero de Paja estaba de paso en la isla para abastecerse, y Sanji había encontrado la excusa perfecta para salir en busca de "ingredientes especiales". No les había mencionado a sus compañeros que, en realidad, su objetivo era la pequeña panadería en la esquina de la calle principal, atendida por una mujer que no podía sacar de su cabeza: Ruka.

Ruka era panadera y conocida en el puerto por sus manos mágicas para amasar y hornear. Cada mañana, la calle se llenaba del aroma a pan recién hecho y a dulces rellenos de crema. Y desde el primer día en que Sanji había probado uno de sus croissants, supo que quería regresar una y otra vez.

—Buenos días, Sanji —saludó Ruka cuando lo vio entrar a su panadería, con una sonrisa brillante y las mejillas ligeramente enrojecidas.

Sanji se quitó el sombrero y le dedicó su mejor sonrisa. —Buenos días, Ruka. Solo pasaba para ver si… tenías alguna novedad. ¿Quizás un pan especial o algo… exclusivo? —preguntó, con un brillo de expectación en los ojos.

Ruka rió suavemente, con las manos cubiertas de harina mientras amasaba una masa. —Eres mi cliente más fiel, Sanji. ¿Cómo podría negarte una sorpresa?

Cada vez que iba, Ruka le preparaba algún dulce o pan nuevo, y aunque la mayoría de las veces terminaba comprando mucho más de lo que necesitaba, él solo pensaba en una cosa: pasar tiempo cerca de ella. Pero había un pequeño problema… no sabía cómo decirle que, más que el pan, lo que lo traía una y otra vez era verla a ella.

—Esta vez he preparado algo especial —dijo Ruka, sacando del horno un pastel pequeño, decorado con esmero—. Es una receta nueva que quería probar. No estaba segura de si funcionaría, pero tú serás el primero en probarlo.

Sanji se acercó, encantado. —Para mí, lo que salga de tus manos ya es perfecto, Ruka —dijo en tono coqueto, y ella se sonrojó, bajando la mirada.

Él cortó un pedazo del pastel, saboreando cada bocado. La combinación de sabores era increíble, y el toque de dulzura le recordaba la misma calidez que sentía cada vez que ella le sonreía.

—¿Qué te parece? —preguntó Ruka, mordiéndose el labio con nerviosismo.

—Es perfecto —respondió Sanji, y se inclinó hacia ella, hablando en un susurro—. Como todo lo que haces.

Ruka rió suavemente, algo incómoda por el cumplido, pero en el fondo, el corazón le latía un poco más rápido. Sabía que Sanji tenía un encanto natural, pero había algo en la forma en que él la miraba que la hacía sentir especial.

—Sabes, Sanji… —empezó a decir, dudando por un momento—. Siempre vienes solo. Me hace preguntarme si es porque te gusta tanto el pan, o… si hay algo más.

Sanji se sorprendió; no esperaba que ella fuera tan directa. Se rascó la nuca, buscando las palabras adecuadas, y al final decidió ser honesto.

—Ruka, la verdad es que me encanta el pan, pero… —Suspiró y sonrió de lado—. Creo que ya te diste cuenta. Me gusta mucho más verte a ti.

Ella lo miró, sorprendida, y sintió sus mejillas arder. Sin saber qué decir, empezó a juguetear con un poco de harina en sus manos.

—No sabía que… lo decías en serio —admitió, con una sonrisa tímida.

Sanji se acercó un poco más, quedando a escasos centímetros de ella. —Siempre hablo en serio, Ruka. No hay nada que desee más que pasar más tiempo contigo.

Ruka tomó un suspiro profundo, sintiéndose audaz. —Entonces… ¿te gustaría acompañarme mañana al amanecer? —le preguntó—. Abro temprano para preparar el pan. Podrías ayudarme y luego, tal vez, desayunar juntos.

Sanji sintió un cosquilleo de emoción. —Eso sería perfecto, Ruka.

Al día siguiente, Sanji llegó al amanecer, ayudándola a preparar el pan. Aunque sus manos se llenaron de harina y ambos reían como niños, cada minuto juntos hacía que él sintiera que la cocina, y todo a su alrededor, brillaban un poco más con ella allí. Cuando finalmente compartieron el desayuno, Sanji supo que había encontrado algo que no quería dejar atrás.

Desde aquel día, su "misión de ingredientes especiales" se volvió una rutina, y él regresó a visitarla cada vez que podía, sabiendo que en esa pequeña panadería no solo encontraba el mejor pan, sino también a la persona que hacía su corazón latir como nunca.

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