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En último Vuelo ════ ⋆★⋆ ════
Amara nunca pensó que los días oscuros y pesados que acompañaban el mundo caótico serían los que, al final, la consumirían. El sol ya no era más que una luz distante, casi olvidada entre el manto gris de los cielos nublados y la constante amenaza que acechaba en cada rincón. Pero lo que la agotaba no era solo el frío o el hambre, sino esa sensación, tan profunda como el abismo, de saber que su cuerpo ya no respondía, que una enfermedad cruel había comenzado su lento y mortal avance.
Su respiración era débil, su cuerpo delgado, pero su corazón, aún latiendo con fuerza, guardaba una esperanza tonta, una chispa que no se dejaba extinguir. Las mariposas eran su consuelo. Siempre lo habían sido. En una vida que ahora parecía un sueño lejano, aquellas criaturas hermosas llenaban sus días de color y de magia, de un pequeño alivio en medio de un mundo roto.
Un día, mientras el sol se ocultaba detrás de las sombras de los árboles, Gleen apareció frente a ella, más silencioso de lo habitual, pero con una determinación en los ojos que hacía que Amara, a pesar de todo, se sintiera segura. Había algo en su presencia que la tranquilizaba. Él había sido su roca desde el principio, su compañero de lucha y de vida, y ahora lo sentía más cerca que nunca, aunque él no dijera una palabra.
—Lo estoy haciendo… —murmuró Gleen, y ella levantó una ceja, confundida.
Con un suspiro suave, se acercó a ella, sus manos arrugadas y su rostro tenso por la fatiga. En su mirada había algo más que amor: había tristeza, pero también un compromiso profundo, como si, en ese último acto, quisiera darle algo que, tal vez, fuera más valioso que cualquier otra cosa.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Amara, intentando mantener el tono de voz firme, pero la debilidad de su cuerpo la delataba.
Gleen no respondió inmediatamente. En lugar de eso, la tomó de la mano, guiándola hacia una pequeña estructura que había levantado en el borde del campamento. Un invernadero. Estaba construido con meticulosidad, con materiales que parecían haber sido robados de lo que quedaba del mundo, pero que ahora parecían tener un propósito mucho más grande.
Cuando entraron, Amara no pudo evitar que una sonrisa triste se le escapara. Las paredes estaban llenas de pequeñas jaulas, de macetas, de plantas que aún no se habían marchitado por completo. Pero lo que realmente la sorprendió fue el zumbido suave y la danza de cientos de mariposas que volaban en libertad, como si el invernadero fuera su propio santuario.
—Quería que pudieras verlas, —dijo Gleen, su voz quebrada por la emoción, mientras la observaba de cerca, como si el tiempo fuera un lujo del que no quedaba.
Las mariposas revoloteaban a su alrededor, casi como si estuvieran allí por una razón, llenando el espacio de un brillo cálido que contrastaba con la frialdad del mundo exterior. Amara cerró los ojos, permitiendo que el suave batir de sus alas acariciara su rostro.
—Gleen… —susurró, su voz un hilo de sonido, quebrada por la enfermedad que la consumía.
—No tienes que decir nada. Sé lo que significan para ti —respondió él, su voz densa y cargada de una emoción que Amara no había oído nunca antes. Gleen, el hombre fuerte que siempre luchaba sin descanso, ahora estaba tan vulnerable como ella.
Amara dejó escapar una risa ahogada, sus ojos brillando con lágrimas que se negaban a caer. La dulzura de su gesto, el sacrificio de Gleen al construir algo tan frágil y tan lleno de vida, la hizo sentir una profunda gratitud. Aunque el tiempo se deslizaba entre sus dedos como agua, aunque su cuerpo ya no respondiera, en ese momento, en ese pequeño espacio rodeado de mariposas, sintió que aún había algo por lo que vivir.
—Esto… esto es perfecto —dijo Amara, acariciando una mariposa que se posaba en su mano. Era pequeña, de alas brillantes y delicadas, como un reflejo de lo que había sido su vida: frágil, hermosa, pero efímera.
Gleen la miró, su mirada llena de amor y de desolación.
—No quiero que te vayas. —Era todo lo que podía decir, su voz quebrándose mientras se acercaba a ella. Tomó su rostro entre sus manos, como si pudiera sostenerla para siempre. —Te prometo que no importa lo que pase, siempre estarás aquí, con las mariposas, con todo lo que amaste.
Amara cerró los ojos, respirando profundamente, sintiendo su cuerpo agotado, pero el corazón aún latiendo. No podía pedir más. Sabía que el final estaba cerca, pero también sabía que, en su último aliento, encontraría consuelo en el amor de Gleen, en la belleza de aquellas mariposas que volaban a su alrededor, libres e inalcanzables, como lo había sido ella misma.
—Te amo… —dijo Amara, sus palabras apenas un susurro, pero llenas de todo lo que su alma no podía contener.
Gleen besó su frente, suave y con la misma ternura que había mostrado siempre, pero esa vez, había una despedida en ese gesto. Las mariposas siguieron su vuelo, como un último abrazo al alma de Amara.
El mundo seguía girando, y el invierno avanzaba con su paso imparable. Pero, en ese instante, Gleen entendió que el amor, como las mariposas, nunca se pierde. Solo vuela hacia un lugar más allá de lo que los ojos pueden ver.