Evan | Superbad

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Manual de Primeros Errores════ ⋆★⋆ ════

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Manual de Primeros Errores
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Martha sabía que era una pésima idea. O sea, ¿salir con Evan? ¿El mismo Evan que una vez se atragantó bebiendo agua porque la miró mientras leía El guardián entre el centeno? ¿El mismo Evan que no podía ver un escote sin estremecerse?

Sí. Ese Evan.

Pero la verdad es que también era el único chico que le había preguntado si quería “hablar primero” antes de besarla. Así que… tenía puntos.

Todo empezó cuando, durante una fiesta en casa de una chica que claramente vivía para presumir su máquina de algodón de azúcar, Martha y Evan se quedaron atrapados juntos en un baño porque alguien —según rumores, McLovin— rompió la puerta intentando esconder cerveza en la bañera.

—Esto es tan poco higiénico que siento que mis ovarios están renegando de mí —dijo Martha, sentada en el borde de la bañera.

Evan se rió, nervioso.

—No sabía que los ovarios hablaran.

—¿Y tú no sabías que no es necesario que hablen para saber que están decepcionados?

Él no respondió. Solo sonrió como si estuviera viendo a alguien brillar desde una pecera.

—¿Qué? —dijo ella.

—Nada. Solo que… me gustas. Aunque me das miedo.

—Wow. ¿Eso es tu técnica?

—No tengo técnica. Literalmente lo último que aprendí fue a ponerme bien un condón. En una banana. Que se cayó.

Ella soltó una carcajada tan fuerte que golpeó la tapa del retrete con la espalda.

Y así empezó todo.

En las semanas siguientes, Martha y Evan vivieron lo que podrían considerarse “etapas del desastre adolescente con potencial romántico”.

1. La primera cita terminó con ambos comiendo Doritos en la cama de Evan porque el restaurante donde iban a ir estaba cerrado y él no había pensado en un plan B.

2. La primera conversación sobre sexo fue en un 7-Eleven a las 11 p.m., donde Evan, nervioso, dijo:
—O sea, no espero nada, ¿vale? Solo que… si alguna vez quieres… lo que sea… puedo estudiar.

3. El primer beso ocurrió después de que Martha lo ayudó a encontrar una palabra en un crucigrama. Fue torpe. Raro. Perfecto.

Y luego vino la primera vez.

Que fue tan desastrosamente humana, que no quedó más opción que reír.

—¿Eso fue… ya? —preguntó ella, acostada junto a él, sin juicio, solo sorpresa.

Evan se tapó la cara.

—Esto es lo peor. Me voy a mudar a Canadá. Solo tengo que aprender francés y esconderme.

—Cállate. Fue tierno.

—Fue rápido.

—Sí. Pero tú también eres rápido con las respuestas. Y nadie se queja.

Él se asomó entre los dedos.

—¿Entonces no me odias?

—No. Pero me debes pizza. Y la próxima vez, condón bien puesto, ¿vale?

—¡Sí! Claro. Esta vez no se cayó. Eso fue progreso.

Y fue en ese momento, desnudos, torpes y comiendo restos de galletas Oreo en la cama, que Evan la miró de esa forma tan suya: como si no pudiera creer su suerte.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella.

—Nada. Solo… me gustas. Incluso cuando me haces sentir como un completo idiota.

—Bueno —dijo Martha, girándose hacia él—. A mí me gustas precisamente por eso.

Y se besaron. Esta vez más tranquilos. Más sinceros. Con risas entrecortadas y manos que no sabían exactamente dónde ir, pero estaban aprendiendo.

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