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Bajo la niebla del pasado ════ ⋆★⋆ ════
Molly llegó al hogar de Miss Peregrine con una actitud desbordante de energía. Alegre, extrovertida, y con una charla que nunca parecía detenerse, pensó que el nuevo hogar sería como todos los demás. Pero algo en el aire era diferente. Algo o, más bien, alguien.
Enoch O'Connor.
Con su ceño permanentemente fruncido y su actitud fría y distante, parecía tener un radar para las personas molestas. Y, evidentemente, Molly fue un desafío para él desde el primer momento. A pesar de la calidez que ella irradiaba, algo en Enoch simplemente no podía soportarlo. Y eso, lo hacía más interesante.
Desde el principio, Molly se dio cuenta de que Enoch no iba a ser fácil. De hecho, parecía que todo lo que hacía o decía solo conseguía molestarle aún más. Pero, como siempre, su entusiasmo era incansable. ¿Cómo iba a dejar que un chico como él la frenara?
—¿Por qué siempre estás tan serio? — preguntó Molly un día mientras él observaba el jardín desde una ventana.
Enoch no la miró, pero la sintió. Sabía que la curiosidad de Molly era como un torrente: imparable, entusiasta y persistente.
—Porque no tengo ganas de estar aquí hablando de estupideces —respondió sin inmutarse.
—¿Estupideces? —Molly alzó las cejas, sorprendida. —Pues entonces tendrás que aguantarme mucho, porque yo soy la reina de las estupideces.—
Eso solo aumentó la irritación de Enoch, pero Molly no lo vio como un obstáculo. Ella lo veía como un reto. Sabía que algo en él estaba bloqueado, y estaba decidida a descubrirlo.
Pasaron las semanas, y su rivalidad solo se intensificó. Molly lanzaba bromas, se acercaba a él siempre que podía, y hacía todo lo posible para sacarlo de su zona de confort. Y aunque Enoch lo ignoraba y lo despreciaba al principio, en el fondo algo comenzaba a despertar en él. A veces, se pillaba observándola, pero inmediatamente apartaba la mirada, frustrado consigo mismo.
Una tarde, después de una discusión especialmente acalorada sobre un detalle sin importancia, Molly, con una sonrisa desafiante, se acercó a él de nuevo.
—¿De verdad piensas que vas a ganar siempre? —dijo mientras se apoyaba en la mesa frente a él.
Enoch la miró, el ceño aún fruncido, pero algo en sus ojos ya no era lo mismo. En lugar de la irritación habitual, había una chispa de… algo más. Tal vez curiosidad, tal vez un atisbo de algo más profundo.
—No quiero ganar, Molly. —Su voz sonó más suave de lo que esperaba. —No me importa ganar.—
Ella, desconcertada por la respuesta, frunció el ceño.
—¿Entonces qué quieres? —preguntó, algo vulnerable en su tono.
Por un momento, Enoch no dijo nada. Sus ojos se encontraron y, por primera vez, parecía que ninguno de los dos estaba dispuesto a apartar la mirada.
Finalmente, Enoch suspiró, como si hubiera tomado una decisión interna.
—Quiero… entender por qué sigues sonriendo. —Su tono era sincero, pero lleno de duda.
Molly se quedó en silencio por un momento. No esperaba esa respuesta. De alguna forma, él acababa de hacerle la misma pregunta que ella se había estado haciendo durante todo ese tiempo. ¿Por qué persistir? ¿Por qué seguir molestándolo?
Y entonces, sin pensarlo demasiado, Molly respondió, su sonrisa aún intacta:
—Porque, Enoch, a veces, el mundo necesita un poco de luz. Y tú… bueno, eres un poquito más que solo un chico gruñón, aunque te empeñes en serlo.—
Aquel comentario fue el punto de inflexión. Algo cambió en Enoch. La fría barrera que había construido alrededor de su corazón comenzó a derraparse. No podía admitirlo en voz alta, no aún, pero algo dentro de él se había alterado. Había una calidez en ella que no podía negar.
Los días siguientes fueron diferentes. No se trataba solo de bromas y miradas desafiantes. Había una tensión palpable entre ellos, una especie de atracción que se construía lentamente.
Una noche, después de una excursión por los alrededores de la casa, Molly y Enoch se encontraron caminando juntos en silencio. No había más palabras que las necesarias, pero el ambiente entre ellos estaba cargado de algo más. Algo que ninguno de los dos entendía del todo, pero que los atraía.
De repente, Enoch la detuvo, tomándola por el brazo. Ella lo miró, sorprendida.
—Molly… —dijo en voz baja, casi como si no quisiera admitirlo. —No sé qué haces conmigo, pero… me fastidia que sigas metiéndote en mi cabeza.—
Ella sonrió, pero no de la forma juguetona de siempre. Esta vez había algo sincero en su gesto.
—Eso significa que te gusto, ¿no?— preguntó, sin poder evitarlo, con un toque de humor, pero también de vulnerabilidad.
Enoch no respondió con palabras. En lugar de eso, se acercó un poco más, de forma que sus rostros estaban apenas a unos centímetros. Por primera vez, su mirada se suavizó, y sin que ninguno de los dos lo esperara, sus labios se encontraron en un beso suave, un beso que había estado en el aire entre ellos durante semanas.
Molly, sorprendida pero contenta, cerró los ojos y permitió que ese momento hablara por ellos. Sabía que su relación había pasado de ser una batalla de voluntades a algo completamente diferente.
Cuando se separaron, Enoch susurró:
—No quiero ser solo tu enemigo, Molly. Quiero… más.—
Ella, con una sonrisa amplia y sincera, respondió:
—Lo sabía, Enoch. Pero yo también quiero más.—
Y aunque aún quedaban muchas cosas por decir y por descubrir, sabían que aquello que había comenzado como una guerra de palabras y desafíos, había dado paso a algo mucho más real, algo que los dos deseaban, aunque no pudieran admitirlo por completo.