Sabastian Lacroix | Anne whit an e

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Bajo el cielo de Avonlea════ ⋆★⋆ ════

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Bajo el cielo de Avonlea
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El barco avanzaba lentamente hacia la costa de Avonlea, y Gilbert Blythe observaba el paisaje con una mezcla de nostalgia y emoción. Había pasado tiempo desde la última vez que estuvo en su hogar, y el regreso siempre traía consigo un sentimiento de calma. A su lado, un joven desconocido para los habitantes del pueblo, Sebastián Lacroix, disfrutaba del viento fresco del mar, mientras su mirada se perdía en el horizonte.

Gilbert había invitado a Sebastián a acompañarlo a su querida Avonlea, pues su amigo necesitaba un respiro, lejos de la rutina del trabajo. El joven francés, algo reservado y taciturno, no parecía emocionado, necwsitaba seguir trabajando, pero aceptó la invitación con la esperanza de encontrar algo nuevo, algo que le ofreciera algo más que la vida de siempre.

—Así que este es el famoso Avonlea —comentó Sebastián, al observar los acantilados de la isla acercándose lentamente mientras el barco se dirigía a puerto.

—Es más tranquilo de lo que imaginas —respondió Gilbert con una sonrisa, mirando con cariño el paisaje familiar—. Pero, créeme, tiene su encanto.

Cuando el barco tocó tierra, un aire fresco y salado envolvió a ambos jóvenes. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de colores dorados y naranjas. Gilbert respiró profundamente, sintiendo que finalmente volvía a casa. Sebastián, en cambio, parecía ligeramente inquieto, observando todo con un aire de curiosidad.

—Bueno, vamos —dijo Gilbert, señalando el camino hacia el pueblo—. Te presentaré a algunas personas. Este es mi hogar, y tengo algo de tiempo libre.

A medida que caminaban hacia la plaza central de Avonlea, Gilbert hablaba sobre las viejas costumbres del pueblo y las personas que todavía recordaba de su niñez. Sin embargo, Sebastián parecía distraído, sus ojos no dejaban de observar a los alrededores, buscando algo que aún no podía identificar. Fue entonces cuando llegaron al centro del pueblo, donde varios niños jugaban y algunos adultos charlaban.

En ese momento, una joven apareció entre la multitud, con una risa ligera que resonaba en el aire. Su rostro era cálido, su sonrisa abierta y sincera, y su energía llenaba todo a su alrededor.

—Ahí está —dijo Gilbert, mirando a la joven con una sonrisa—. Esa es Liria.

Sebastián la miró, y por primera vez desde que llegó a Avonlea, algo en él se detuvo. Sus ojos se fijaron en ella de inmediato. Liria no era una mujer que pasara desapercibida. Su presencia era una mezcla de luz, energía y simpatía, algo que parecía iluminar el pueblo.

Gilbert notó la fijación de su amigo, y sin perder la oportunidad, decidió bromear.

—¿Te ha llamado la atención? —preguntó con una sonrisa burlona.

Sebastián, un poco desconcertado, se giró hacia él, pero no pudo evitar sonrojarse ligeramente.

—No... solo me parece... interesante —respondió, intentando mantener la compostura.

Liria, al notar la presencia de los dos, se acercó con una gran sonrisa.

—¡Gilbert! —exclamó, abrazándolo con cariño—. Qué bueno verte. ¿Quién es él? —preguntó, mirando a Sebastián.

—Ah, claro, disculpa. Este es Sebastián Lacroix, un amigo que ha decidido acompañarme. Sebastián, ella es Liria, nuestra vecina.

Liria extendió la mano con una sonrisa cálida. Sebastián la miró por un momento, un poco sorprendido por la cercanía y la amabilidad de la joven.

—Un placer conocerte —dijo Liria, su voz melodiosa y suave. Sebastián, un poco desconcertado, la estrechó tímidamente.

—El placer es mío —respondió, con una sonrisa algo nerviosa.

Los días siguientes fueron una mezcla de encuentros casuales. Sebastián encontró excusas para estar cerca de Liria. Un día, la vio cargando una cesta de manzanas hacia su casa y, sin pensarlo demasiado, se ofreció a ayudarla, a pesar de que su casa estaba apenas unos metros más lejos. Ella, sorprendida pero agradecida, aceptó con gusto.

—No tienes que hacer esto —dijo Liria, mientras caminaban juntos—. No es mucho.

Sebastián sonrió, intentando disimular la timidez que sentía.

—No es nada. Y en cualquier caso, así puedo ver más de lo que hace este pueblo. —Se detuvo un momento y observó el campo que rodeaba la casa de Liria, luego la miró con una expresión sincera—. Es un lugar tranquilo, lo que me gusta.

Liria asintió, y su sonrisa se hizo aún más brillante.

—Sí, Avonlea tiene algo especial, ¿verdad? —dijo mientras seguía caminando—. Aquí todo parece estar en su lugar.

Sebastián la miró de reojo. Había algo en ella que lo atraía más allá de lo evidente. No era solo su belleza, sino su forma de ver el mundo, de hacer que todo pareciera posible y lleno de vida. Y, poco a poco, Sebastián comenzó a encontrarse buscando excusas para verla.

—Entonces, ¿te has acostumbrado ya a este pueblo? —le preguntó un día, mientras caminaban hacia la plaza central.

Liria lo miró con una expresión pensativa.

—Creo que sí —dijo, mirando a su alrededor—. Aunque cada día es una nueva oportunidad para descubrir algo diferente. Y me gusta ese sentimiento.

Sebastián pensó en sus palabras, y sin poder evitarlo, sonrió.

—Creo que yo también podría acostumbrarme a este lugar —dijo, su tono un poco más suave.

Liria lo miró y, al ver la sinceridad en sus ojos, se detuvo por un momento.

—¿De verdad? —preguntó con curiosidad.

Sebastián la miró a los ojos, sin poder ocultar la fascinación que sentía por ella.

—Sí. Creo que este lugar tiene algo... algo que me hace sentir diferente. Y, tal vez, parte de eso tiene que ver contigo.

Liria lo observó, un poco sorprendida por su respuesta, pero en sus ojos también brilló una chispa de complicidad.

—Bueno —dijo con una sonrisa—, no me molesta ser parte de lo que te hace sentir diferente.

Sebastián no pudo evitar sonreír, sintiendo cómo el corazón se aceleraba con cada palabra que compartían. A partir de ese momento, su vida en Avonlea dejó de ser solo un destino en el que se encontraba. Empezaba a ser, por fin, el lugar donde todo comenzaba a cobrar sentido, sobre todo cuando Liria estaba cerca.

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