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Lo que Nunca Dijimos ════ ⋆★⋆ ════
Isolde observaba a Knox desde el borde de la biblioteca, con un libro olvidado entre las manos y una mezcla de frustración y ternura en su pecho. Había conocido a Knox desde que ambos tenían cinco años, pero en los últimos meses, su amistad parecía tambalearse por un único motivo: Chris Noel. Desde la primera vez que Knox la vio, había quedado atrapado en una especie de hechizo, uno que Isolde no podía comprender, porque sentía que, cada día, Knox se alejaba un poco más de ella, y por alguien que apenas conocía.
Una tarde, mientras Isolde caminaba por los pasillos, lo encontró en una esquina con su amigo Charlie, hablando en voz baja y emocionada.
—Knox, necesitas relajarte —se reía Charlie, dándole una palmada en el hombro—. No es como si ella estuviera esperando que le declares tu amor en el próximo poema.
Knox se rió, avergonzado. —Lo sé, pero… no puedo evitarlo. Es que nunca había sentido algo así, Charlie. Es como si… bueno, como si nada más importara.
Isolde sintió su corazón apretarse ante esas palabras. Decidida a hacer algo, se armó de valor y se acercó, sonriendo como si no hubiera escuchado la conversación.
—¡Hey, Knox! —saludó, fingiendo una alegría despreocupada—. Estaba pensando… ya que es viernes, podríamos escaparnos y dar una vuelta al lago, como solíamos hacer cuando éramos niños. ¿Te acuerdas?
Knox la miró, con una sonrisa nostálgica, pero se notaba que su mente estaba en otro lugar. —Sí, claro, Isolde. Podríamos… aunque esta noche, uh, tenía otros planes. Pero, oye, ¿qué tal mañana?
—Mañana… sí, claro —respondió ella, esforzándose por mantener la sonrisa.
Pero, mientras Knox y Charlie se alejaban, Isolde sintió cómo la duda se apoderaba de ella. ¿Acaso él no se daba cuenta? ¿Acaso Knox no veía que había alguien más, alguien que lo conocía mejor que nadie y que lo había querido desde siempre?
Una semana después…
Una tarde lluviosa, Isolde decidió que ya no podía quedarse esperando, que debía arriesgarse a hablar con Knox, a mostrarle lo que realmente sentía. Esa noche, buscó su mejor vestido y, con el corazón latiendo fuerte, se dirigió hacia el teatro del colegio, donde sabía que él y sus amigos del Club de los Poetas Muertos solían reunirse. Con cada paso que daba, una mezcla de miedo y esperanza la impulsaba.
Al entrar, encontró a Knox solo en el escenario, sentado con las piernas cruzadas y el rostro perdido en sus pensamientos. Parecía que estaba recitando en voz baja, y por un momento, Isolde se quedó en silencio, contemplándolo desde las sombras. La luz de las velas iluminaba su expresión soñadora, y, a pesar del dolor en su pecho, Isolde no pudo evitar sonreír ante esa pasión que siempre la había hecho sentir especial por él.
—¿Knox? —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Knox levantó la cabeza y sonrió, aunque se notaba sorprendido. —¡Isolde! ¿Qué haces aquí tan tarde?
Ella se acercó, sintiendo cómo las palabras se le atascaban en la garganta. —Quería… quería verte, Knox. Hay algo que llevo tiempo queriendo decirte.
Knox la miró con curiosidad, como si finalmente se diera cuenta de que ella estaba ahí, de que estaba nerviosa. —¿Qué pasa?
Isolde respiró hondo, y al hacerlo, sintió cómo su corazón se llenaba de valentía. —Knox, hemos sido amigos toda la vida. Y… creo que, en algún momento, empecé a sentir algo más. Te he visto perseguir a Chris como si ella fuera tu razón de ser, pero… estoy aquí, y he estado aquí siempre.
Knox la miró, sorprendido, como si jamás hubiera considerado esa posibilidad. Sus ojos reflejaron una mezcla de sorpresa y confusión.
—Isolde, no sabía que… que sentías eso por mí —murmuró, y aunque sus palabras fueron suaves, Isolde sintió una punzada de dolor. La mirada de Knox no tenía el brillo que esperaba ver, no tenía esa chispa que tanto deseaba.
Ella intentó mantener la compostura, aunque las palabras le pesaban en el alma. —Lo sé, Knox. Y no es que espere que cambies de repente. Solo quería que lo supieras, porque… —hizo una pausa, mirándolo a los ojos— porque quizás un día te des cuenta de que has estado persiguiendo un sueño, cuando lo real estaba justo frente a ti.
Knox bajó la mirada, como si entendiera la profundidad de sus palabras pero no pudiera encontrar una respuesta adecuada. Finalmente, suspiró, extendiendo una mano hacia ella.
—Isolde, eres… increíble. No sé qué haría sin ti, sin nuestra amistad. Pero… —hizo una pausa, sus ojos volviendo a brillar con ese destello al hablar de Chris— hay algo en ella que no puedo explicar. Algo que necesito perseguir, aunque suene absurdo.
Ella asintió lentamente, con una sonrisa triste. —Lo entiendo, Knox. Sólo quiero que sepas que siempre estaré aquí, aunque te duela el corazón… aunque yo sea quien te ayude a curarlo algún día.
Knox la abrazó, y en ese abrazo, Isolde sintió una mezcla de consuelo y despedida. Era un adiós a la esperanza de que él la mirara de la misma manera en que ella lo miraba, pero también era un recordatorio de que su amistad era real, aunque no fuera suficiente para llenar el vacío de su corazón.
Esa misma noche, antes de separarse, Knox le susurró:
—Carpe diem, ¿verdad, Isolde?
Ella sonrió, dejando que esas palabras fueran su consuelo. —Carpe diem, Knox.
Y, mientras se alejaba, Isolde prometió que, aunque su corazón no fuera correspondido ahora, ella viviría intensamente, dejando su huella en cada momento… incluso si eso significaba dejar ir a Knox para siempre.