Aunque Sirius juraba odiar a su hermano, no podía evitar buscarlo con la mirada en cualquier multitud, incluso se excusaba a sí mismo diciendo que "vigilaba que no cometiera una estupidez", pero, muy en el fondo, debía saber que le atemorizaba verlo herido.
Aquel día en que lo golpearon y no pudo bajarlo de estúpido, en realidad estaba asustado. Temblaba de impotencia y no tuvo otra manera de desquitarse.
En momentos como ese, Regulus volvía a ser el niño de cuatro años que tenía problemas con decir la 'r' y bailaba las canciones que su madre tocaba en el piano, así fuera la melodía más triste.
O cuando se enfrentaban en el campo de quidditch. Sabía que tenía un hermano ágil, astuto, bastante estratega y que no se permitiría derrumbar tan fácilmente.
Cuando Regulus subía a su escoba, era como volver a verlo patinar sobre el hielo; grácil, decidido, la perfección que Walburga adoraba.
Y por ello le preocupaba. Sus rivales podían ser unos primates, fuerza bruta y demasiada adrenalina en el cuerpo como para detenerse antes de golpearlo.
Sabía que había cambiado completamente, que no era un niño indefenso y que, en realidad, era el mundo quien debería temerle a su crueldad; pero él no podía, por más que quería hacerlo, no podía odiarlo.
Regulus, por su lado, trataba de evitar ver a Sirius por más de una fracción de segundo, sin embargo, era complicado si siempre estaba junto a James, pues su mirada siempre lo buscaba inconscientemente.
Y eso había dejado de ser casualidad, así como había dejado de ser unilateral. James también se atrapaba a sí mismo volteando a ver a Regulus sin pensar querer hacerlo.
Era como si hubiera algo en los ojos del otro, algún imán que les obligaba a mirarse al mismo tiempo, como si estuvieran programados para hacerlo.
James quería saludar torpemente, pero terminaba simplemente con una sonrisa boba y nerviosa.
Regulus fruncía el ceño y desviaba la mirada, como si no estuviera obligándose a apagar una tonta sonrisa.
Aunque, bueno, era fácil dejar de sonreír cuando recordaba el motivo principal por el que evitaba ver a Sirius (y que por ende terminaba viendo a James); la carta que envió en el cumpleaños de su madre.
Aún tenía miedo. No había recibido ni una sola carta, y su hermano parecía seguir con su vida normal, lo que revelaba que él tampoco tenía noticias de su madre (o quizás solo seguía quemando las cartas).
Pocas veces había conocido la culpa, pero esa, sin duda, era una de ellas. No había pasado ni una semana, sin embargo, no recordaba cuando fue la última vez que pudo dormir sin angustia.
Cada noche, en sus sueños, aparecía esa imagen: su madre, parada junto al piano con uno de esos vestidos antiguos que apreciaba tanto, señalando con su varita al suelo, el cual no estaba vacío, pues sobre la alfombra se encontraba una silueta oscura.
Walburga lo observaba con repudio, sin dejar de apuntar al suelo. Podía escuchar alaridos y quejidos, pero no podía distinguir la figura a la cual torturaba.
Los cuadros a su alrededor se hacían más grandes. Cientos de rostros que no podía reconocer pero estaba seguro de que aquellas personas llevaron su sangre.
Intenta alcanzar la figura en el suelo. Estira su mano, pues sus piernas están congeladas, no importa cuánto la habitación parezca cerrarse y sus cuadros juzgarlo. No puede moverse.
"Ayuda" murmulla, porque al menos puede hablar.
"Tú le dijiste" escucha desde todas partes y, a su vez, desde ninguna. "Tú quisiste que fuera así. Tú te odias."
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𝐑𝐀𝐌É ↬𝐉𝐞𝐠𝐮𝐥𝐮𝐬
FanficSigue la historia de Regulus Black a través de sus años en Hogwarts.
