Segundo Cuento.

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¡Hola vecinos!

Un día estaba muy inquieta y aburrida, había pasado años en el mismo lugar. Había visto a los humanos desde lejos y me daban mucha curiosidad. O sea, criaturas sin gracia ni belleza superior, con actitudes extrañas y hábitos muy similares a los de los animales. Pero Flor siempre me prohibió siquiera acercarme. Obviamente desobedecí.

Un día me acerqué a ellos cuando Flor estaba distraída hablando con alguien más, según yo no me había visto, pero me enteré que sí, solo que no me detuvo. Lástima que no lo hizo.

Me acerqué a ellos, estaba ansiosa y nerviosa, quería conocerlos, aunque eran solo un grupo de quince.

-¡Hola vecinos!-Fue lo que dije mientras me acercaba. Ellos me miraron por unos segundos con los labios semi-abiertos, anonadados completamente.

Se giraron para murmurar entre ellos, y cuando terminaron se volvieron hacia mí con una mirada aterradora.

-Un hada... Je je

-Nunca habíamos visto una.-sus manos se aferraban a las cuerdas en su cintura mientras se acercaban con cautela.

En ese momento vi el peligro.

-¿Tú viendo el peligro de algo? Milagro-exclamó Kattie mientras se preparaba para cazar los peces del río, su mirada centrada en el agua cristalina.

-¡Tenias que ver sus caras! -respondió Evangeline, sin poder contener la risa. Aunque Kattie era una experta pescadora, con manos ágiles y precisas, Evangeline, con un gesto involuntario mientras recordaba la continuación de su historia, alzó un dedo y comenzó a trazar pequeños remolinos en el aire.

En respuesta a su movimiento, el agua empezó a girar en espiral, como si estuviera bajo su control. De repente, una gran gota se formó, arrastrando a los peces que nadaban desprevenidos. Evangeline lanzó el agua al suelo con un rápido movimiento de muñeca, logrando que Kattie se salvara de ser salpicada por milímetros. Los peces, desorientados y sin oxígeno en la tierra firme, comenzaron a saltar desesperadamente hasta que sus cuerpos se quedaron quietos.

En un arranque de pánico, huí rápidamente, con la intención de encontrar a Flor. Sin embargo, al notar que llevaban armas, decidí no ponerla en peligro, así que corrí lejos y, en mi apuro, me perdí.

A medida que me daba cuenta de que los perseguidores eran cada vez menos, no me detuve. Entré en un bosque y solo recuerdo una imagen borrosa de un árbol mientras tropezaba, mareada. A pesar de que trataba de recuperar fuerzas, me sentía terriblemente mal, como si estuviese al borde de la muerte.

Mi memoria regresó con el sonido del hacha golpeando la corteza de un árbol. Abrí los ojos y todo estaba oscuro; me sentía atrapada en una cápsula. Al salir, para mi sorpresa, vi a una anciana con un hacha talando el árbol donde había estado.

Al verme, la anciana gritó y blandió su hacha contra mí, pero me atravesó sin herirme. El impacto me asustó y busqué refugio detrás del árbol. Ella se acercó con curiosidad al ver que no había muerto; bajó su arma y sonrió. Su sonrisa era contagiosa. Su presencia era extraña y misteriosa; parecía una anciana ágil, como si no tuviera problemas en sus articulaciones. Sin embargo, el bosque a su alrededor se sentía diferente, como si hubiera pasado un siglo desde la última vez que lo había visto.

El lugar estaba lleno de bestias peligrosas y no había manera de encontrar la salida. Cada vez que la niebla espesa se disipaba, un animal cercano desaparecía. Así fue como la anciana me acogió en su cabaña. Al principio permanecí allí porque ella estaba sola. Me contó que había sido exiliada de su tierra por ser considerada una bruja y que apenas logró escapar de ser quemada. Pero luego... cuando ella falleció tras muchos años... el bosque se tornó aterrador y peligroso. Intenté salir a pesar de los ataques de las bestias, pero siempre terminaba perdida, encontrando nuevamente la cabaña.

-Vaya, Evangeline, aunque cuando nosotros fuimos, no era tan peligroso -comentó con un tono de nostalgia.

-Así lo noté -respondí, reflexionando sobre mi experiencia-. Concluí que la atmósfera había cambiado porque ya nadie se suicidaba allí; la gente había dejado de hacerlo tras la intervención de la anciana, quien destruyó un musgo extraño que parecía tener un poder siniestro. Me preguntaba por qué ella no parecía afectada por el lugar.

-Tal vez sí era bruja -dijo, encogiéndose de hombros mientras limpiaba los pescados con destreza-. En fin, termina tu historia después. Necesitamos regresar y debo estar alerta; este olor a pescado podría atraer a las bestias.

-Está bien -asentí, comprendiendo la urgencia de la situación.

Lo que sigue será todo lo que viví junto a la anciana. Esto se lo contaré... a Takeshi, sí, definitivamente a él.

Luang. De Lord a plebeyo.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora