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Desde hacían exactamente siete reuniones oficiales y dos de urgencia, Eden no había visto a su padre presentar ningún reporte en la Orden. En las tres primeras escuchó rumores y quejas, pero ya era algo usual para todos que Severus Snape simplemente hubiera dejado de dar reportajes. Dumbledore aseguraba que seguía confiando por completo en él, lo que mantenía las aguas calmadas para la gran mayoría de la Orden.
Eden era ya lo suficientemente madura como para no volver a hacer una oleada de quejas y berrinches por eso, pero tenía a su favor los contactos creados dentro de la organización secreta y, a su vez, las habilidades de investigación desarrolladas gracias a las paranoias de Alastor. Por eso, ella sabía perfectamente que algo estaba ocurriendo. Con las investigaciones individuales de Harry en Hogwarts (ahora algo más distraído desde que Ginny y él habían comenzado a salir), las de Remus entre los licántropos y las de otros miembros de la Orden en esferas más riesgosas de los mortífagos, Eden podía afirmar que Dumbledore mentía en las reuniones, y que algo más tenebroso se escondía.
Las muertes aumentaban a cada noche. Los mortífagos entraban en más y más hogares de mestizos, hijos de muggles y squibs, dejando huérfanos y cadáveres a su paso. Los desaparecidos eran asumidos como un cadáver más, porque la otra posibilidad era pensar en que las fuerzas del Señor Tenebroso estaban creciendo y nadie quería pensar en eso. Nadie quería creer que había traidores en sus salones, en sus aulas, en sus lugares de trabajo; pero los había.
Eden sabía en quién podía confiar. Podía confiar en los Weasley, en Harry y Hermione, en Remus, Tonks y Alastor. Angelina y Alicia, Lee, incluso en Azriel. Viktor, en los valles de Bulgaria, reportaba a la Orden de manera codificada sobre crecientes aliados de los ideales de Lord Voldemort. La profesora Sauer había comenzado a investigar a más profesores de las academias, y el reportaje del número de infiltrados se ampliaba cada semana. Eden quería pensar que podía confiar en todos ellos, incluyendo sin duda alguna a otros como Hagrid, McGonagall o Dumbledore (muy a pesar).
Se repetía esos nombres cada vez que una nueva noticia de desaparecidos llenaba una cara del periódico, o cuando sentía que estaba siendo perseguida por el Callejón Diagón. Insistía a sus inquietos pensamientos que estaba rodeada de personas leales y fieles a la Orden, pero aún así el desalentador desenlace de otros miembros de la Orden como los Potter o McKinnon la habían hecho plantearse si ella sería un nombre más que mencionar en esos reportajes. Un simple nombre por el que suspirar. Números aumentando tan rápido como la esperanza descendía.
A veces tenía pesadillas, simples sueños breves en los que leía nombres de amigos, o escenas más vívidas en las que ella era la víctima de una figura encapuchada. Un simpe mortífago sin cara, sin nombre. No lo suficientemente importante como para poder ser reconocido, lo suficientemente temible como para acabar con su vida.