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Cuando Eden llegó a Hogwarts, una imponente Marca Tenebrosa se alzaba sobre la torre más alta del ancestral castillo. Las serpientes salían de la calavera, como lombrices de un cadáver, e iluminaban el cielo nocturno de una neblina verde. La imagen le causó náuseas, pero no dudó en correr al interior junto a Azriel.
En el interior, había silencio. No fue hasta que ascendieron un par de pisos que comenzó el caos, y todo se direccionaba a la Torre de Astronomía. Con un simple gesto Azriel se separó para cubrir las escaleras de caracol, mientras ella giraba por pasadizos hasta los pasillos principales de clase. Apretó la madera de su varita con nervios, temiendo ver algo peor que lo ocurrido en el Ministerio de Magia hacía ya un año. Dumbledore había muerto, el gran Albus Dumbledore. Sin él, ¿a qué le podía temer el Señor Tenebroso? ¿Harry Potter?
"Harry Potter". El nombre resonó en su cabeza a medida que avanzaba. Harry, el muchacho que había cargado con todo desde hacía años. ¿Habría sido testigo de la muerte de su admirado profesor? Sabía que, a pesar de su reacia confianza hacia el ya fallecido director, había logrado servir de figura de seguridad y modelo a seguir para el chico. Lamentaba profundamente que eso hubiera sido así.
Los primeros destellos de magia la cegaron ligeramente después de haberse movido en la oscuridad de los pasadizos que memorizó de tantas escapadas con los gemelos. Localizó mortífagos, pero también miembros de la Orden y lo peor: alumnos. Tragando sus nervios y cobardía avanzó al frente, agitando la varita en un hechizo no verbal de protección. El destello verde rebotó contra una pared invisible a apenas centímetros de Bill Weasley, y ambos duelistas se giraron a mirarla. El pelirrojo sonrió, mientras que el mortífago que reconoció como Greyback le lanzó una mala mirada cargada aún así de curiosidad.
— Justo a tiempo como siempre, Ed — sonrió el mayor.
Y, sin más tiempo de presentaciones y saludos, Eden volvió a hechizar el mismo conjuro esta vez sobre sí misma. Otro mortífago se unió a la pelea entre Greyback y ambos, y tuvo que abandonar a Bill a su suerte cuando fue acorralada cerca de las escaleras. Sabía que su cuñado podría apañárselas bien, era un gran mago, sin embargo no estaba miuy segura de dónde podría terminar esa situación tan peliaguda. Un hechizo cruzó la estancia, y de un modo ciertamente traicionero el mortífago cayó aturdido a un lado por el ataque por la espalda.
— ¡Eden!
— ¡Remus! — reconoció. Él había sido quien le había enviado el patronus minutos antes, un hermoso lobo plateado. El licántropo apenas pudo comprobar unos segundos su estado desde una distancia prudente antes de volver a la pelea.