[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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Agradecimientos: Eterna gratitud a todos los que habéis llegado conmigo hasta este momento. El que a seguido esta historia sabrá la emoción y la importancia de un capítulo así. La trama y su desarrollo no han sido nada fácil de mantener por lo que haber alcanzado un desarrollo de personaje tan imperial para Goetia me parece algo digno de respetar, celebrar y recordar. Por favor lector, deja tu apoyo en este capítulo y fuera de él. Un abrazo eterno, Geneva Morte
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Segundo temblor.
Fui obligada a saltar por una de las ventanas de la primera planta cuando las torres del castillo comenzaron a derrumbarse.
Aterrizando de cuclillas sorprendentemente aguanté la respiración al escuchar el rugido diabólico de Satanás al ser testigo de la destrucción del castillo que tan orgulloso estaba de haber poseído.
Mis brazos flexionados se movían frenéticamente con mi correr y en la oscuridad de alrededor me percaté de la niebla que me impedía ver lo que anidaba a corta o a larga distancia. La única figura que emergió fue la de Lilith quien viéndome correr desenfundó de su espalda dos largas dagas de fina y afilada hoja de oro y mango rubí.
La armadura de la reina del infierno parecía bañada en sangre infernal y celestial.
Cubría su torso y sus hombros con mágicas hondas de color rojo que chocaban entre sí. El color de la armadura era rojo como una luna de brujería. El pecho estaba cubierto por una placa en forma de corazón la cual alzaba sus senos y afilaba su cintura por los extremos, quedando parte de ella descubierta. Sus hombros estaban adornados con colas de serpiente las cuales, de color dorado, bajaban por sus bíceps. Bajo la armadura, Lilith llevaba una falda de guerra similar a la mía solo que la suya era larga. Igual al color de un ecplipse total rozó la arena negra cuando se acuclilló poco a poco, empuñando con fuerza las dagas.
Sus botas de combate eran bastante similares a las mías y eso se debía a que había metido mano al armario de su habitación. Las suyas estaban adornadas con clavos que crujían a cada paso.
Entonces tuvo lugar el tercer temblor.
Miré sobre mi hombro la destrucción del castillo la cual era la única manera de sacar al demonio al exterior. Fui testigo de cómo entre el derrumbe se manifestaba Satanás en su más infernal y gigantesca forma la cual era del tamaño de un edificio.
Aún corriendo y acercándome cadas vez más a mi madre me percaté de la súplica en sus ojos para que diera la orden de una vez. Pero aún no era el momento. Su largo cabello estaba ondulado con una trenza sujetando los mechones frontales, atándolos en su coronilla con las mismas serpientes vivas que presencié en la ceremonia. La brisa del averno nos abordó como un horno y cuando tapó la mitad de su rostro volví a mirar a mis espaldas.