[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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POV DEIMOS
No sabía cuánto la amaba hasta que me obligó a vivir en un mundo sin ella.
El castillo rugió las semanas en las que su ama no estuvo presente, pero sus rugidos no sólo aterrizaban su eco en las paredes.
Sino también en mi pecho.
Pensaba que podía protegerla. Sentía que debía servirla.
Pero me había enjaulado como un animal, impidiéndome volver ceniza cada hueso de los individuos que la estuvieran torturando.
Sueños de dolor.
Pesadillas en las que despertaba gritando y jadeando con mi hija al lado, cuestionándose si su madre regresaría algún día. Alaida no volvió a manifestar más su sonrisa. Jugaba en silencio y comía con la mirada baja. Su madre no sólo la había dejado sola a ella...
Sino también a mí. A la orden. A su infierno.
Nos encerró con criaturas tan antiguas que mis vagos poderes no pudieron con ninguno. De noche, mientras todos dormían, luchaba contra ellos hasta caer, cerrando mis puños alrededor del pasto del suelo.
-¡KIMBERLY! -gritaba como un animal herido, observando el horizonte con lágrimas de impotencia en los ojos.
Al cabo de los días perdí la cabeza.
Me encerraba largas horas en habitaciones repletas de libros y conjuros antiguos para romper barreras pero todas eran energéticas, ninguna involucraba a esqueletos infernales dispuestos a desmembrarte... Así que acababa rompiendo sillas como si así pudiera abrir grietas de un portal que me condujera directamente a ella.
No comía y ni siquiera dormía para evitar escuchar sus sollozos de dolor, suplicándome el socorrerla. Era esa versión de ella a la que más odiaba. La guerrera suicida, la lilim salvaje, la versión que prescindía de mí y escogía hacerlo todo sola.
Odiaba que no me necesitara.
Odiaba que luchara sola.
Se había ido sola. Al Vaticano. Sola a donde sabíamos que la querían muerta. Donde la prenderían en llamas en nombre de un falso Dios, convenciéndose a sí mismos de que así era su voluntad.
-¿Va a volver?
No soportaba escuchar más esa pregunta.
Sentados en el comedor todos fingían comer con ganas por Alaida pero yo sólo pude apoyar los codos en la mesa y tapar mi rostro con las manos.