[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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- ¡Asmo! ¡Tienes visita, cariño! ¡Sal de tu escondite!
Menudo laberinto era el castillo del dueño de la lujuria.
Crucé infinitos corredores de gigantescas velas de colores oscuros y formas profanas de pecado, pero terminé deteniéndome cuando las llamas a mi izquierda se movieron con violencia, guiándome por el pasillo que me dirigiría hacia él.
Suspiré sonoradamente, con mis botas acelerando el paso a cada segundo ya que no contaba con mucho tiempo. Debía regresar cuanto antes con los demás...
Antes de que volvieran a tacharme de egocéntrica, inmadura, egoísta, de querer siempre hacer las cosas sola y bla, bla, bla. Y hablando de inmadurez... Destaqué en la lista de cosas importantes por hacer la de coserle la boca a Jacob.
¡Cada maldita vez que decía esa frase terminaba en problemas!
-¡Aquí estás! -abrí los brazos y los dejé caer dramáticamente al llegar a su habitación.
Miré de reojo el balcón abierto.
El mismo donde no demasiadas lunas atrás estuvo acuclillado mi amo segundos después de dejar a Asmodeo sin uno de sus tan divinos miembros.
-¡Ha llegado mi pesadilla favorita! -dramatizó forzadamente, con la mitad del cuerpo tumbado en su gigantesca cama de sábanas violeta y sus musculosas piernas colgando.
Caminé hasta detenerme entre ellas.
Bajé la mirada hasta su masculinidad la cual estaba cubierta con un pequeño pedazo de sábana.
-¿Ve algo que se le antoje, mi damisela?
Levanté una ceja ante su atrevido comentario y arrogante sonrisa.
Alcé de sopetón la cabeza en dirección al balcón y abrí con fingida sorpresa mi boca y ojos antes de jadear.
-¡¿Deimos?! ¡¿Qué haces aquí?!
En menos de un pestañeo Asmodeo se encontraba en pie a mis espaldas, con su lanza en una mano y apuntando a las cortinas.
-Eres tan insoportable como tu padre.
Su posición de guardia me sacó una divertida risa que le hizo empujarme con fuerza hacia la cama. Apoyándome en un codo le observé caminar de espaldas hacia su gigantesco armario carente de puertas para enfundarse en una toga roja con una abertura de cuello que llegaba hasta un poco más abajo de su ombligo.