107⛥ART

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La humanidad desconocía el nombre de Goetia.

Al menos la mayoría.

En la demonología, mi nombre con el cual Lilith me bautizó al nacer, no sólo significa encanto, seducción, magia y engaño. También se refiere a la invocación y control de los setenta y dos demonios del Lemegetón de Salomón.

Claro está, me quedó corto. ¿Porqué?

Porque cuando abrí los ojos en un plano ajeno al terrenal, más de setenta y dos demonios rieron maléficamente en mi interior mientras caminaba hacia el primer y más grande maestro oscuro.

Lucifer.

Mis pies descalzos pisaban un eterno suelo inundado de agua cuya longitud llegaba a rozarme los tobillos. Al caminar, cada pisada sonaba como apagar la mecha de una vela con dos dedos mojados en saliva.

En lo que llegaba hacia el dueño de aquella etérea ensoñación, di lentas vueltas sobre mí misma mientras giraba la cabeza, echada hacia atrás y siendo incapaz de abarcar la magia entera que nos rodeaba.

El cielo no era cielo.

Era universo.

Un vacío divino e infinito.

Negro y agrietado en millones de gruesas líneas de luz dorada. Entre estas se colaban cientas de estrellas fugaces de todos los colores imaginables. En algunas partes del suelo emergía humo rojizo y al sentarme a un lado del maestro de la llama, lo hice abrazando mis rodillas y mirándole de soslayo.

La mayor parte de su piel, con un tono traslúcido, estaba al descubierto. La otra parte era cubierta por una larga falda negra ligada a un trozo de tela que cruzaba su pecho y cuello, ondeando de vez en cuando a sus espaldas debido a la brisa que se colaba por las grietas doradas.

Cuando Lucifer inspiraba, cada milímetro de su piel se oprimía y revelaba cientos de símbolos grabados en luz de fuego. Letras antiguas y jeroglíficos prohibidos que desaparecían cuando expiraba en profundidad.

Su eterno cabello lacio y rubio tenía una tonalidad más clara, o podía deberse también a la iluminación. Ondeaba con la brisa mientras algunos mechones escondían sus pectorales.

Con sus piernas en posición de postura de loto fruncí el ceño extrañada al mirar sus manos. La izquierda estaba con la palma mirando hacia arriba mientras dirigía el dedo índice de la otra mano por las incontables rayas de esta. De vez en cuando se detenía y regresaba a realizar formas y dibujos que no podía identificar.

AMOS© |SAGA LILIM 3|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora