[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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El tacón del mal resonaba melódicamente por los pasillos del palacio de mis padres.
Caminaba con una melodía ficticia que tarareaba al tiempo del vaivén de mis caderas.
Me crucé con varias sirvientas de mi madre y haciéndoles un caballeroso saludo militar las dejaba riendo por lo bajo de manera eufórica e histérica.
Crucé pasillos, subí a distintas plantas... Pero ni rastro de ellos.
-¿Lilith? ¿Samael? -exclamé sin dejar de caminar.- ¡Vuestra hija favorita a venido de visita! -tarareé con una provocativa sonrisa.
Continuó sin haber respuesta.
Crucé de una torre a otra y al comenzar a impacientarme de más, me detuve en el puente que conectaba un lado del castillo con otro para mirar a mi alrededor. Las tierras de mis padres eran de solitaria arena, montes, vegetación y piedras negra. Varios reinos infernales tenían sus sobrenaturales y macabras aldeas, repletas de siervos y almas condenadas a ser humilladas por la eternidad pero...
A Lilith le gustaba la calma infernal.
La brisa hizo danzar mi peinado de un lado a otro y al alzar la vista al cielo nocturno del infierno, descubrí que su luna estaba ópaca con un simple anillo deslumbrante color rojo carmesí.
Entrecerré los ojos cuando un gruñido profundo me descentró del paisaje. Miré sobre mi hombro a la única torre de punta triangular, con humo de distintos colores oscuros manando de sus empañados ventanales victorianos.
No me detuve hasta quedar frente a una gigantesca puerta de cristal espejo la cual, antes de traspasar, me tomé mi tiempo para asegurar de que mi conjunto y peinado seguían luciendo presentables.
Mi vestimenta, escogida estrictamente para impactar al reino infernal, era una mezcla de sastrería provocativa y armadura ceremonial. Ideal para la primera mortal en nacer en el infierno, portadora del poder en una corte oscura donde tanto su sangre como su poder y conocimiento eran tan peligrosos como Dios mismo.
Definido por una elegancia severa, el conjusto constaba de una pieza central la cual era una chaqueta negra ceñida de corte militar confeccionada con hombreras de escamas de serpiente dorada, fundidas entre sí y que a simple vista lucían como alas de ave. El corpiño la prenda era una malla traslúcida que aportaba sensualidad y vulnerabilidad calculada. Acaricié lentamente los faldones en los que acaba la chaqueta, cortos picos frontales adorados con bordados en hilo de oro que seguían patrones góticos.
En cuanto a la parte inferior, lo formal era engullido por lo atrevido y oscuro. Mis pantalones, una combinación de cuero negro de alto brillo y ceñido con diseño de cortes geométricos y trasparentes.