80⛥ Alpha

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Oh, vamos.

¿Qué culpa tenía este monstruo enamorado?

El amor nunca va de la mano del cerebro y cuando no es así, no es amor.

Así era el mío por Deimos.

Soberano, enfermizo y dominantemente infernal.

Por lo que toda locura estaba justificaba.

Aquello fue lo último que decretó mi corazón antes de proceder a darle un beso en la frente a Alaida, quien tras leerle un cuento no resistió más y cayó en los brazos de Morfeo.

Cerré la puerta con cuidado antes de mover los hombros en círculos, camino al cuarto asignado como gimnasio y sala de yoga. Acaricié el marco de la puerta y mordí el extremo de mi dedo índice al escuchar los jadeos de Deimos, quien se encontraba entrenando.

Desnudo de cintura para arriba y con unos pantalones japonens negros marcando diabólicamente su cintura se encontraba sostenido únicamente sobre sus manos. Cambiaba a una rapidez admirable a estar sostenido sobre sus dedos, después sobre sus nudillos y más tarde sobre sus puños antes de llevar una mano a su espalda y proceder a quedar sostenido únicamente sobre las puntas de los dedos.

Si yo intentara eso no tardaría en quedar con los dientes clavados en el suelo.

Apostaba todo por mí. En verdad lo hacía. Pero a veces todo no era suficiente.

Con los músculos contraídos y venas marcadas en cada milímetro de sus brazos procedió a dar pequeños saltos sobre su solitaria mano, con gotas de sudor deslizándose desde su espalda hasta su cuello.

Definitivamente era mi Dios.

Gruñó cual bestia tentada por lo bajo cuando su resistencia le susurró al oído que no era lo suficientemente fuerte. La respuesta del terror en el campo de batalla fue flexionar su brazo hasta conseguir dar un gran impulso con el cual consiguió rodear con la parte interna de sus rodillas una barra de metal anclada a escasos centímetros del techo y a continuación, colgado, comenzó a hacer abdominales con las manos atadas a su espalda.

Perdí la cuenta en la repetición número treinta ya que sacando su lengua negra la colocó en un extremo de su labio superior mientras contraía el rostro por el esfuerzo, pero sin detenerse ni un segundo.

Tragué el gran cúmulo de saliva que mi boca había generado con aquel soberano espectáculo y decidida caminé deslazo hasta él. No dejó de entrenar pero sus ojos, cada ver que descendía y su cabeza quedaba a la altura de la mía, me desafiaban con un deseo y una gracia que me obligó a sostener su cabeza en la siguiente repetición.

AMOS© |SAGA LILIM 3|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora