[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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Mis custodias empíreas.
Cuatro reliquias.
Resplandecían bajo la luz del cristal que cubría cada una.
De brazos crudados en el centro de mi sala, dejé que mis ojos acariciaran la sustancia divina e infernal de cada artilugio.
El primero era, obviamente, el asta de Gabriel arcángel.
Medio sonreí un poco, recordando la pedrada que seguramente aún le perseguía en pesadillas.
El segundo era el anillo de Lucifer, el cual por supuesto por cuestiones personales decidí quedármelo.
Tras el cristal de tal reliquia se encontraba mi santuario el cual trasladamos esta mañana del vestíbulo. Mi corona, junto a la espada de los seres sombra, me guiñaba el ojo y tentaba con volver a usarla.
Pronto, en circunstancias especiales.
Y la media sonrisa fue eliminada al girar la cabeza a un lado para visualizar mi tercera reliquia. Un suspiro automático manó de mis entrecerrados labios:
La flecha de Umbra.
Después de arrancarle a la maldita Coronel Sombra cada órgano atado alrededor de ella, no pude regresar a casa sin ella. La limpié con mis lágrimas y guardé pacientemente a tener un lugar adecuado y honorable para ella.
Y su padre se encargó de que así fuera.
Fuertes y calientes brazos rodearon mi estómago en un abrazo y al sentir su corazón latir contra mi espalda apoyé mi cabeza sobre su boca la cual descendió para dejar silenciosos e incontables besos en mi cabello.
Ambos continuamos mirando la flecha.
Manchada de violencia y la tempestad del dolor bañado en furia. Era el significado de una verdadera joya.
Una oscura reliquia.
-No pensé que la hubieras guardado.
Salí de mis pensamientos y seguí la mirada de Deimos hacia la cuarta reliquia.
Su carta.
Giré el rostro con mis manos sobre las suyas y mientras nos balanceaba lentamente descendí mi atención de sus ojos a sus labios rosados. Vestía una holgada chaqueta azul oscuro junto a pantalones deportivos y pies descalzos. A pesar de que se acababa de levantar lucía como los mismísimos rayos del amanecer:
Cegador.
Su cabello mojado dejó caer varias gotas sobre mi rostro.
-Jamás podría deshacerme de ella. -susurré, acariciando sus manos con mis pulgares.- Tus palabras afilaron mi espada. Sólo así pude seguir avanzando.