82⛥Devotion

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-Eres un espíritu suicida, Goetia.

De brazos cruzados miré de soslayo a Lorcan quien suspiró por octava vez mientras observaba conmigo a Deimos, tendido en la gigantesca mesa del sótano.

Habíamos curado su herida y finalmente había dejado de sangrar medio cielo y medio infierno, pero seguía insconsciente. Su pecho se alzaba y descendía en una entrecortada respiración que amenazaba con extinguir la nuestra al despertar.

Me había dado tiempo a ducharme, vendar mi rodilla y a vestirme con un suéter negro de manga larga y de tejido grueso, un poco holgado que caía hacia abajo por mis hombros y dejando expuesta mi espalda, los omóplatos y parte de mi cintura. Cada vez que me inclinaba o estiraba dejaba al descubierto casi toda mi espalda. Mi parte inferior estaba cubierta con unos pantalones holgados del mismo color que le había robado del armario a Deimos.

Lorcan volvió a acercarse a él para verificar que los sahumerios de salvia ubicados en cada esquina de la mesa rectangular continuaban prendidos. Derramaban humo que descendía al suelo, cubriéndolo en su totalidad. Arremangó su toga de color cobre oscuro con un cordón dorado amarrado a su cintura para luego retirar el paño húmedo de la frente del herido y volver a colocarlo con suficiente humedad.

Mi ángel estaba desnudo de cintura para arriba, con los mismos pantalones con los que se presentó en el combate cuya cintura habíamos descendido lo máximo para dejar su pelvis al descubierto para así poder curar mejor la herida.

Fruncío el ceño cuando se dirigió hacia mí, llevando las manos a sus ojos.

-¿Me haces el favor?

-Espera, ¿qué vas a...? Oh, no me jodas. -maldije entre dientes cuando colocó sus ojos en las palmas de mis manos.

El oráculo infernal, quien ahora se dirigía a los pies de Deimos, se detuvo para mirarme por encima del hombro cuando mi arcada resonó por lo bajo.

Alzó una ceja carente de pelo.

Cuando procedió a rodear la mesa me senté lentamente en el primer escalón, con las manos cerradas alrededor de los ojos y las arcadas aún en la garganta.

El oráculo infernal me ignoró para respirar como si midiera un tornado.

A continuación, comenzó.

Con la mano derecha formó un mudra desconocido para mí mientras que bajo él mantenía la mano izquierda cerrada en un tenso puño.

Juntó el pulgar con el dedo corazón y anular y cruzó el dedo índice sobre el pulgar mientras mantenía extendido el meñique. Movió el mudra desde sus pies a sus caderas y en aquella lentitud abrió un momento el puño para recoger un poco del humo de salvia y volver a adoptar su posición inicial.

AMOS© |SAGA LILIM 3|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora