[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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El sonido de la leña quemándose en la chimenea opacaba los murmullos de preocupación de la orden lilim.
Pero no los de mis demonios.
Acuclillada frente a las llamas llevaba observándolas probablemente varias horas. Tal vez con la idea de visualizar la solución a lo que sea que estaba ocurriendo en el danzar del fuego.
Nuestro regreso fue demasiado silencioso. Me negué a mantenerlo rodeado de la energía oscura del infierno, no cuando parecía ser esta misma la que le estaba atacando por dentro.
Anocheció y volvió a amanecer, pero yo no había sido capaz de volver a ver a Deimos. Escuchaba a todos correr de un lado a otro pero la chimenea me había encadenado a ella.
Pensaba y pensaba, pero pensar no parecía ser suficiente.
Era de estrategias. Goetia era de acción. Y me aniquilaba estruendosamente el hecho de no saber qué hacer.
-Deberías de comer algo. -escuché un murmullo desde la entrada de la sala de estar.
Pestañeé lentamente, aún con los codos apoyados en mis rodillas flexionadas y mis dedos enlazados clavando las uñas en las cutículas.
-Quiero hablar con el oráculo. -murmuré de vuelta.
Lorcan cerró la puerta con lentitud antes de emitir un profundo suspiro, avanzando unos cuantos pasos hacia mí.
No me moví ni le miré.
-Estamos consultando todos los grimorios antiguos habidos y por haber y llamé a Angelo para que nos preste ciertos libros prohibidos para...
-Ningún libro solucionará esto. -susurré, entrecerrando los ojos mientras las llamas danzaban con violencia.- Quiero hablar con el oráculo. Ahora.
No volvió a emitir palabra en los siguientes minutos.
Cuando la chimenea produjo más humo del normal y alborotó mi cabello con cientas de diminutas chispas, supe que ya no era Lorcan quien se encontraba a mis espaldas.
Aún así aguardé pacientemente a ordenar mis preguntas, las cuales se digerían entre ellas cuales serpientes en el uróboros. Pero mientras que éste representaba el nacimiento y la muerte de toda creación, mis preguntas parecían representar sólo la muerte.
Sin nacimiento ni renacimiento alguno.
El Oráculo Infernal se sentó en el sillón de mi derecha.