[TERCER LIBRO SAGA LILIM]
Dios ama a toda su creación , incluyendo a los demonios. Pero...
¿Amará suficientemente a su hijo caído y a la primera Lilim en pisar tierras mortales como para salvarlos?
Descúbrelo en la tercera entrega de esta destructi...
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Mierda.
¡El vestido!
Detenida frente a la puerta de la mansión, con el sol a punto de salir a mis espaldas, me encontré mirando la madera con los ojos como platos.
Me llevé las manos al rostro y di varios saltos en mi lugar, de pura histeria al imaginar lo que pasaría si Deimos descubría que el vestido era de su hermano. Maldita sea, ¡sólo había que ver la tela y el resplandor de la misma para saber que no era algo mundano!
Sollocé sin lágrimas, apoyando la espalda contra la puerta.
Sí... Comenzaba a notarse el que Kimberly estuviera de regreso.
Goetia no pudo tener por mucho tiempo más el control del volante, pero ahora que volvía a ser mitad y mitad con Kimberly, estaba a punto de arrancarse los pelos si volvía a sentir temor por la reacción de Deimos.
Alcé las cejas cuando los ojos se posaron en el establo para después descender hasta mi vestido.
¡¿Y con qué me taparía?! ¡¿Con la paja?!
Cuando la puerta se abrió abruptamente a mis espaldas me quedé congelada.
Deteniendo mi respiración miré sobre mi hombro como quien acaba de presenciar el sonido más sobrenatural de todos. El aire volvió dramáticamente a mis pulmones al ver a Nevan.
-Joder, casi me provocas un infarto. -susurré, agachándome para acariciarle la cabeza antes de que le entrara un ataque de amor y me tumbara.- Yo también te he echado de menos. -lamió mi mano.
Cuando la cerré me percaté de la débil luz bajo la puerta entrecerrada de la cocina.
-¿Graciela? -susurré, caminando hacia ella.
-No. Pero recuérdame agradecerle por esta sopa. Es lo más rico que he probado en... -detuvo el trozo de pan a medio camino de su boca al levantar la mirada directamente hacia mi cuerpo.
Fue demasiado tarde para echarme hacia atrás.
Su cabello estaba mojado, indicándome que recién había salido de la ducha.
Se le atoró el trozo que estaba masticando pero terminó tragándolo, dejando la comida a un lado para mirarme en silencio. Las cuatro velas situadas en cada punta de la mesa danzaron sus llamas.
Me analizó de pies a cabeza. Los dedos de mis pies descalzos encogidos del miedo, mis manos sufriendo leves temblores de nervios y mi entre cortada respiración deseosa de poder desmayarme en ese momento.