Capítulo 57

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Miré el papel en mis manos tratando de descifrar que es lo que significa, decía palabras que no entendía, estaban todas escritas en términos médicos.

—No entiendo nada de lo que dice aquí —dije frustrada.

El hombre delante de mí sonrió y me pidió el papel que hace rato que estaba dentro de un sobre sellado.

—Señorita Anelisse esto, en resumen, dice que sus mareos, náuseas y dolores de cabeza se deben a una fuerte anemia —mis ojos se abrieron como platos.

—¿Entonces no estoy embarazada? —pregunté sin aliento.

—No según estos resultados —el doctor dijo anotando algo en un papel. —Te daré vitaminas para controlar la anemia, mantén una dieta de carne roja y verduras, trata de descansar un poco y aléjate del estrés por un momento.

Me dio el papel y lo miré con una sonrisa. Era sólo eso, tomar unas simples vitaminas y ya. Entonces eso había ocasionado el retraso en mi período.

—Gracias, doctor America —dije y me puse de pie.

—No hay de qué, señorita Anelisse, vuelva si se siente mal —asientí y salí del consultorio con una gran sonrisa.

Nada podía hacer que mi buen ánimo bajará.

Camine por el hospital mientras guardaba el papel dentro del sobre y lo doble a la mitad, no quería que nadie se diera cuenta que me había hecho estos exámenes. Abrí mi bolso para guardarlos cuando algo chocó contra mí y me golpeó el estómago dejándome sin aire.

—Lo siento, señorita... —unas manos me tomaron de los hombros para no caer al suelo —¿Anelisse?

—¿Papá?

Elíseo estaba delante de mí con la bata blanca puesta y el estetoscopio colgando de su cuello.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Vine a una consulta de rutina —mentí —¿Qué haces tu aquí?

—Aquí trabajo los fines de semana —explicó pero no le creí del todo. No tenía lógica que un neurocirujano trabajará los fines de semana en una pequeña clínica particular.

Su mirada bajó y se dio cuenta que un papel se me había caído, se agachó hasta tomarlo y lo leyó sin permiso.

—¿Vitaminas de hierro? —preguntó confundido y le arrebate la receta médica.

—Son cosas que no te incumben —continúe mi paso pero escuché como me seguía.

—Como tu padre tengo el derecho de saber si estas enferma —habló detrás de mí.

—Cómo tú hija yo tenía el derecho de saber si tenía una hermana —escuché como suspiró y llegó hasta mi lado.

—Perdón, hija —se sinceró y mi corazón se sintió cálido.

—¿Cómo está Emma? —pregunté porque una parte de mi necesitaba saber si ella estaba bien.

—Bien, dentro de lo que cabe. Tiene cierto tipo de rencor en contra de su madre y también conmigo pero ella es una niña buena, sé que lo entenderá —habló con la mirada triste.

—Sí, ella aún es pequeña y entenderá que no puede perderse de su familia por un pleito como ese —me acomodé el bolso en el hombro.

—Sabes, creo que le caería bien verte un rato —habló son una sonrisa pero yo hice una mueca.

—La última vez que la vi no la traté muy bien, no quiero hacerla sentir peor.

—Emma no tiene a nadie, Ana, creo que tu eres la única persona que la entiende en éste momento —tal vez tenía un poco de razón.

La Noche Estrellada Donde viven las historias. Descúbrelo ahora