51. La Sombra en la Mente

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La tensión se había convertido en mi compañera constante. Cada día parecía más difícil que el anterior, y las reuniones con Edward solo añadían más peso a mi ya frágil estado mental. Aunque cada charla con él revelaba más sobre mi pasado, las respuestas solo traían consigo más preguntas, más angustia, y más confusión.

Una tarde, después de una larga jornada en el bar, me encontré sentado en una cafetería junto a Edward. Él removía su café con calma, mientras yo apenas podía mantener la taza en mis manos.

—Nick, ¿alguna vez te has preguntado por qué mamá te dejó esa carta? —preguntó, su voz tan serena que parecía fuera de lugar en comparación con el caos que se desataba en mi interior.

—No lo sé, Edward. Tal vez sabía que necesitaría respuestas algún día. —Respondí, sin estar seguro de mis propias palabras. El café en mi taza temblaba ligeramente, y me di cuenta de que mis manos estaban sudando.

Edward me observó por un momento, sus ojos llenos de una comprensión que solo servía para irritarme.

—Mamá siempre fue... complicada. Sabía cosas que nosotros no. Cosas sobre la familia que nunca compartió.

—¿Qué estás tratando de decirme? —pregunté, comenzando a sentir la presión en mi pecho.

Edward se inclinó hacia adelante, su expresión más seria que nunca.

—Que nuestro pasado tiene secretos, Nick. Y que esos secretos tienen consecuencias.

Me quedé en silencio, incapaz de procesar lo que estaba diciendo. Las palabras flotaban en el aire entre nosotros, pero no lograban penetrar la niebla que cubría mi mente.

—¿Por qué estás tan nervioso? —preguntó Edward, rompiendo el silencio.

—No lo sé... —mentí. Lo sabía perfectamente. Desde que había recibido esa maldita caja, mi vida había comenzado a desmoronarse. Las visiones del hombre del sombrero, las pesadillas, el constante sentimiento de ser observado, todo estaba afectándome. Pero no podía decirle eso, no sin sonar completamente loco.

Nos quedamos en silencio por unos minutos, y cuando finalmente salí de la cafetería, sentía que llevaba el peso del mundo sobre mis hombros.

En el bar, las cosas iban de mal en peor. Las visiones del hombre del sombrero se habían vuelto más frecuentes, y ya no eran solo destellos en la esquina de mi vista. Lo veía en lugares donde no debería estar. Una noche, mientras atendía a unos clientes, lo vi parado al otro lado de la barra, observándome fijamente.

—Nick, ¿estás bien? —me preguntó uno de los clientes cuando notó que me había quedado congelado, mirando al vacío.

Sacudí la cabeza, tratando de sacudirme la imagen.

—Sí, sí. Lo siento, ¿qué decías?

—Te pregunté si podías traerme otro trago, pero pareces un poco fuera de lugar, amigo.

Le sonreí débilmente, disculpándome, y fui a preparar el trago, pero mis manos temblaban tanto que volqué la bebida.

—¡Mierda! —exclamé, mientras los otros clientes comenzaban a murmurar y reírse entre ellos.

—¿Qué te pasa, Nick? —preguntó Jeff, acercándose con una sonrisa burlona—. Pareces haber visto un fantasma.

—Déjame en paz, Jeff. —respondí, sin poder evitar la irritación en mi voz.

—Relájate, hombre. Solo estaba bromeando. —pero su tono no tenía nada de divertido.

Las bromas y los murmullos continuaron durante toda la noche, y cada vez que cometía otro error, sentía como si me estuviera hundiendo más y más en un abismo del que no podía escapar. Finalmente, el jefe intervino, pero no de la manera que esperaba.

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