62. El diseño del deseo

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Cuando volví a abrir los ojos... ya no estaba en la cafetería.

Y sin embargo... sí.

El lugar era el mismo.
Las mismas mesas.
La misma barra.

Pero vacío.

Silencioso.

Como una versión abandonada de algo que todavía existía en otro plano.

—Ok... esto es nuevo —dijo Jenna, girando sobre sí misma—. Y no en el buen sentido.

Emma ya estaba de pie, observando todo con atención quirúrgica.

—No es otro lugar —dijo—. Es una capa.

—¿Una qué? —pregunté.

—Una reconstrucción. Un entorno controlado.

La miré.

—¿Como... una simulación?

Emma dudó un segundo.

—Algo así.

Caminé hacia la barra.

Pasé los dedos por la madera.

Se sentía real.

Demasiado real.

Y entonces lo entendí.

—Este es el lugar donde empezó todo...

Jenna frunció el ceño.

—¿La playa?

Negué.

—No... antes.

Cerré los ojos un segundo.

Y las imágenes vinieron solas.

Risas.
Copas.
Miradas.
Mujeres que aparecían... y se quedaban.

Siempre lo mismo.

Siempre el mismo patrón.

Abrí los ojos.

—Yo no elegía nada... ¿verdad?

Emma no respondió de inmediato.

Jenna la miró.

—Emma...

—No del todo —dijo finalmente—. Pero tampoco eras una marioneta.

—¿Entonces qué era?

Emma dio un paso hacia mí.

—Eras un punto de equilibrio.

Silencio.

—¿De qué estás hablando?

Respiró hondo.

—Tu padre... no construye identidades solo por poder. Las construye porque hay gente que las necesita.

Jenna cruzó los brazos.

—Eso suena a justificación bastante turbia.

—Lo es —admitió Emma—. Pero también es verdad.

Señaló el lugar.

—¿Sabés por qué siempre estabas rodeado de celebridades?

Sonreí, sin humor.

—Porque soy irresistible.

Jenna soltó una risa.

—Bueno... eso también.

Emma negó suavemente.

—Porque vos eras... real para ellas.

Silencio.

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