70. Quiero ser tu prisionero

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La suite de Emma era exactamente lo que esperarías de una ganadora del Oscar: techos altos, mármol y ese olor a éxito que solo el dinero de los grandes estudios puede comprar. Mientras ella se encerraba en el baño y el sonido del agua llenando la tina inundaba el lugar, me quedé solo en la habitación.

Por un segundo, la culpa asomó. Me pregunté si Jenna y Emma se sentirían desplazadas, pero recordé que ellas mismas habían escrito este guion. Saqué mi teléfono del bolsillo del pecho —un milagro que el lino hubiera protegido la tecnología del agua salada— y vi una notificación. Era un video de las dos.

Aparecían las dos frente a la cámara, probablemente compartiendo una botella de vino en su propia suite.

—"¡Oye, semental!" —decía Jenna con una sonrisa diabólica—. "Más te vale dejar el pabellón bien alto. Si no escuchamos quejas de la administración sobre la pared de la habitación de Stone, consideraremos que has fallado".

—"Dale duro contra el muro, Nick" —añadió Emma Myers, lanzando un beso—. "Recuerda lo que te enseñamos. No seas solo un cuerpo bonito, sé su mejor recuerdo".

Sonreí, dejé el celular en la mesa de noche y sentí que la presión desaparecía. Tenía "luz verde" de mis directoras.

—¡Nick! ¿Vas a quedarte ahí fuera ensayando tus líneas o vas a entrar en escena? —la voz de Emma desde el baño sonaba amortiguada por el vapor.

Entré. El baño estaba envuelto en una nube de espuma blanca. Emma estaba sumergida hasta los hombros, dejando ver solo sus pies, que asomaban por el borde de la tina como si estuviera posando para un fotograma de una película francesa.

—Entra —me desafió, jugando con las burbujas—. El agua está perfecta.

—No sé yo, Emily... creo que el barman no debería mezclarse con los clientes en la bañera —bromeé, tratando de parecer desinteresado mientras mis pantalones húmedos hacían un trabajo terrible ocultando que estaba más que listo.

—Oh, por favor. No seas tímido ahora que no hay cámaras —dijo ella, estirando el brazo para alcanzar el teléfono de la pared. Pidió una botella de Chardonnay y varias piezas de sushi.

Minutos después, llamaron a la puerta. Emma, con una naturalidad que solo alguien que ha vivido en sets de rodaje puede tener, hizo pasar a la moza hasta el baño. La pobre chica entró con la bandeja y se quedó de piedra. Ver a Emma Stone en la tina ya era suficiente para pedir la jubilación anticipada, pero verme a mí a su lado, empapado y con una erección que amenazaba con romper la costura de mis pantalones, la hizo ponerse de un rojo carmesí.

—Déjalo ahí, cariño. El caballero está un poco... tenso, como puedes ver —bromeó Emma con una sonrisa pícara. La moza balbuceó algo ininteligible, aceptó la propina que Emma le señaló sobre el mármol y salió de allí como si hubiera visto un fantasma o un dios.

Cuando finalmente me desnudé, el silencio en el baño se volvió denso. Emma dejó de jugar con la espuma y me miró de arriba abajo. Sus ojos verdes se dilataron.

—Vaya... creo que voy a necesitar una cinta métrica para documentar esto —murmuró—. Hazme un espacio, "Burro". Esto va a ser una producción de gran escala.

Me metí en la tina. Era enorme, pero aun así nuestros cuerpos quedaron pegados. Bebimos directamente de la botella, alternando tragos de Chardonnay con piezas de sushi que nos dábamos en la boca. Me coloqué detrás de ella, sintiendo su espalda contra mi pecho. Emma comenzó a frotarse contra mí, usando la resistencia del agua y el jabón para crear una fricción que me estaba volviendo loco.

Nos besamos con una desesperación que no tenía nada de actuación. El agua comenzó a desbordar de la tina, inundando el suelo de mármol mientras nuestros movimientos se volvían más bruscos, más hambrientos.

—A la cama. Ahora —ordenó ella, saliendo de la tina como una sirena.

La seguí. Caminar por la habitación completamente desnudo, sintiendo mi miembro meciéndose como un péndulo pesado, era una sensación de poder crudo. Emma se lanzó a la cama boca arriba, sus dedos recorriendo sus propios labios con una impaciencia que arrojaba fuego.

—Vamos, ven... no me hagas esperar para el tercer acto.

—¿Tienes protección? —pregunté, deteniéndome al borde del colchón.

Ella buscó en el cajón de la mesa de noche y sacó un paquete.

—Déjame hacer los honores —dijo, su voz ronca de deseo. Se arrodilló frente a mí y acomodó el condón con una destreza que me hizo cerrar los ojos. Cuando terminó, volvió a su posición y me miró con desafío.

—Sabes... casi pierdo la cabeza viéndote en Pobres Criaturas —le confesé mientras me posicionaba sobre ella.

—Bueno, Nick... es hora de que dejes de ser un espectador y empieces a hacer que esos sueños se hagan realidad —respondió ella, guiando la cabeza de mi glande hacia su entrada.

En cuanto entré, Emma soltó un grito ahogado. Sintió otra vez esa sensación de ser partida en dos, de ser invadida por algo que superaba cualquier expectativa. Me mordió el hombro sin piedad, hundiendo sus uñas en mi espalda.

El ritmo se volvió salvaje. Mis testículos golpeaban contra su cuerpo en un sonido rítmico, casi como un round de boxeo donde nadie quería que sonara la campana. Emma usó sus piernas para atraparme por la cintura, apresándome para que no hubiera escapatoria. Me mordía, me lamía el cuello, me insultaba en voz baja con bromas de alto calibre sobre lo que le estaba haciendo.

Intercambiamos poses. En varias ocasiones ella tomó el mando, moviéndose sobre mí con la autoridad de una maestra, dirigiéndome, llevándome al límite. Yo solo podía entregarme al placer, sintiendo que cada segundo era una escena que valía un premio.

Cuando sintió que su clímax estaba cerca, Emma cambió la postura a una donde ella tenía el control total de la profundidad.

—Dámelo todo, Nick. Quiero verlo. No te guardes ni una gota de ese talento.

Se movió como una diosa poseída hasta que yo no pude más. Desbordé el condón con una fuerza que me dejó vacío, sintiendo cómo mi semilla llenaba el látex hasta el límite. Cuando me lo quité, Emma se quedó mirando el resultado, boquiabierta.

—¿Vaya... todo eso estaba ahí dentro? —soltó una carcajada, recuperando el aliento—. Creo que hemos batido el récord de efectos especiales de la temporada.

Nos quedamos allí, sudados, entrelazados en las sábanas de seda, mientras el aire acondicionado de la suite apenas podía combatir el calor que habíamos generado.

—Nick —susurró, trazando círculos en mi pecho—, si esto fuera una audición, te daría el papel principal para el resto de mi vida. Ha sido... una maravilla.

Sonreí, sabiendo que en algún lugar de la isla, Jenna y Emma Myers estarían orgullosas de su pupilo. El "programa" de mi padre había muerto, pero lo que había nacido en su lugar era mucho más interesante.

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