La seda del vestido ya no era más que jirones inertes en el suelo, una ofrenda al caos que acabábamos de desatar. Cada centímetro de piel de Dafne que lograba liberar con mis manos, lo marcaba inmediatamente con besos hambrientos y mordiscos que la hacían estremecerse. Mi erección, contenida bajo la tela, era una presión constante que buscaba salida; la apoyé con firmeza contra su vientre, obligándola a sentir la magnitud de lo que estaba a punto de pasar.
—¿Tienes tanta prisa? —jadeó ella, con los ojos vidriosos por la excitación—. Haz que valga la pena, Nick.
La tomé por los hombros, obligándola a retroceder hasta que sus rodillas golpearon la alfombra.
—Tú misma lo dijiste: te entra a la primera —dije, con una voz cargada de autoridad—. Así que demuéstramelo.
Con un movimiento de cabeza, le indiqué mi cremallera. Dafne no necesitó que se lo repitiera. Se arrodilló, y con una mezcla de destreza y desafío, usó sus dientes para bajar el cierre y deslizar mis bóxers hacia abajo. Mi miembro saltó, liberado y furioso, golpeando suavemente su mejilla. Ella sonrió, un gesto felino y oscuro, y lo rodeó con sus labios con una avidez que me hizo apretar los puños.
La levanté del suelo casi sin esfuerzo y la lancé sobre la cama. Antes de que pudiera acomodarse, la puse boca abajo, arqueando su espalda de forma que sus nalgas quedaron expuestas, un lienzo perfecto para lo que iba a hacer. No hubo preámbulos; entré en ella con una estocada profunda, llena de determinación.
Dafne soltó un grito ahogado que se convirtió en un gemido prolongado cuando terminé de acomodarme en su interior.
—¡Dios... Nick! —exclamó contra las sábanas, mientras sus dedos se clavaban en el colchón.
—Vaya... —susurré en su oído, mientras mis caderas empezaban a moverse con un ritmo salvaje—, de verdad te entra a la primera. Y te queda perfecto.
El espejo frente a la cama era un testigo implacable. Veía cada embestida, cómo su piel blanca contrastaba con mis manos marcando sus caderas, y cómo mis testículos golpeaban rítmicamente contra sus nalgas, produciendo un sonido húmedo que alimentaba nuestra lujuria.
Agarré su cabello rubio, tirando hacia atrás para obligarla a mirarme a través del reflejo. Ella arqueó la espalda, buscando el ángulo exacto para que cada embestida fuera más profunda, más destructiva.
—¡Más! —rugió ella, dejando de lado cualquier rastro de reserva—. ¡Dame más, cabrón! ¡Destrúyeme!
Le propiné una nalgada sonora, dejando mi mano marcada en su piel mientras el ritmo de mis caderas no cesaba.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que te destruya? —le dije, mordiéndole el cuello mientras ella se mordía los labios hasta casi hacerse sangre—. Eres tan arrogante y mordaz en la barra, pero aquí abajo, solo eres mía.
—Soy tuya... —sollozó ella, perdiendo el control mientras el placer la desbordaba—. Haz lo que quieras conmigo, solo no te detengas.
El ritmo aumentó, convirtiéndose en una danza de fricción, sudor y palabras sucias que llenaban la habitación. El espejo nos devolvía la imagen de un acto de posesión absoluta, donde ella se entregaba por completo a la intensidad de un chico que, lejos de ser solo el barman que servía cafés, era ahora quien le marcaba el pulso de su propio clímax. Cada golpe era más fuerte, cada palabra más impura, y no había forma de que esto terminara de otra manera que no fuera con los dos consumidos por el fuego.
La intensidad alcanzó un punto donde el aire parecía arder. Cada golpe de mis caderas contra sus caderas era una declaración de propiedad. La giré en el aire con una brusquedad que la dejó sin aliento, obligándola a apoyarse en sus manos sobre la cama, dejándola en una posición de cuatro patas.
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Playa VIP
RomanceUn joven, por azares del destino, descubrirá que el trabajo en la playa le será más que satisfactorio. Sobre todo porque conocerá a diferentes actrices que, en un principio, sólo vivían en sus sueños. Ahora, frente a esta nueva realidad, tendrá que...
